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Los cachetes sí perjudican la salud: sí está científicamente demostrado.

Visto en la revista Mente Libre.

 

Aún hoy en día, y a pesar de que en muchos países del mundo están prohibidos por sus claros perjuicios físicos y mentales para los niños, muchos padres siguen justificando el cachete como método educativo.

Resulta curioso, pero una de las escusas más utilizadas para seguir pegando, es el argumentar que no está científicamente demostrado que el cachete sea dañino para los niños. Para muestra de las falacias que llegan a alegar, este testimonio que recogió Ramón Soler en su excelente serie de artículos  Ciencia y expertos: Excusas para pegar a mi hijo (IV)

“No estoy para nada de acuerdo con que un cachete puntual sea un acto de violencia. Y eso no significa no respetarles ni considerarlos subhumanos. me gustaría ver en qué datos se basan los estudios que descartan el cachete y también me gustaría saber si alguien se ha molestado en estudiar si los niños criados con “diálogo” son mejores personas que los que han sufrido el terrible trauma del cachete (y no mezclemos el maltrato, que es otra cosa).”

Sin embargo, sí que está demostrado científicamente que los cachetes perjudican muy seriamente la salud y no sólo la de los niños que son ahora, sino que también, la de los adultos que serán mañana.

Existen cientos de artículos que lo demuestran y de hecho, en febrero pasado se publicó un macroestudio de dos expertos canadienses en desarrollo infantil en el que concluyeron, tras examinar dos décadas de investigación sobre el tema, que el castigo físico plantea riesgos graves para el desarrollo a largo plazo de un niño.

Joan Durrant, psicóloga infantil y profesora de ciencias sociales de la familia en la Universidad de Manitoba y Ron Ensom, que en el momento del estudio era trabajador social del Hospital Pediátrico del Este de Ontario en Ottawa, señalaron que se podría decir que sin excepción, el castigo físico se asocia con mayores niveles de agresión contra los padres, los hermanos, los pares y los cónyuges. De hecho, los niños que reciben azotes tienden a volverse más agresivos con el tiempo que los que no son maltratados.

Además, los autores informaron de que a largo plazo, el castigo físico se relaciona con graves problemas de salud mental, como adicciones, depresión o ansiedad.

Por otra parte, estudios recientes realizados con neuroimágenes muestran que el castigo corporal podría alterar partes del cerebro que se relacionan con el rendimiento en pruebas de coeficiente intelectual y aumentar la vulnerabilidad a la dependencia de las drogas o el alcohol.

El maltrato físico y psicológico contra los niños supone una verdadera lacra social contra la que debemos luchar todos. Aunque muchos padres no lo quieran admitir, según un estudio de 2010 de la Universidad de Carolina del Norte casi el 80 por ciento de los niños de preescolar de EE. UU. reciben cachetes, los azotes resultan muy perjudiciales para la salud de los niños a corto y a largo plazo. Toda violencia es deplorable y más aún cuando va dirigida hacia los más débiles y desprotegidos física y psicológicamente, como decía Ramón Soler en su artículo: “Aparte de un abuso desequilibrado de poder del adulto sobre el niño, el cachete conlleva un desprecio y una falta de respeto hacia una persona que no puede defenderse”.

Por cierto, la solución a los cachetes tampoco debe pasar por el conductismo basado en premios y castigos, como insinúa una psicóloga en el artículo de Medline.

El 25 de abril se celebró el Día Internacional Contra el Maltrato Infantil. Maltratar a un bebé, a un niño, es el acto más vil que se pueda cometer. Todos debemos luchar para evitar todo tipo de maltrato infantil. Todos podemos educar en la paz, la cooperación y la integridad, sólo tenemos que estar dispuestos a romper con nuestros viejos esquemas.

La felicidad de los niños es el verdadero bien de la humanidad.

Más información:

Ciencia y expertos: Excusas para pegar a mi hijo (IV)

Excusas para pegar a mi hijo (I)

Lenguaje y comunicación. Excusas para pegar a mi hijo (II)

Permisividad y respeto: Excusas para pegar a mi hijo (III).

-Physical Punishment of Children Potentially Harmful to Their Long-Term Development

http://www.sciencedaily.com/releases/2012/02/120206122447.htm

-Las nalgadas hacen que los niños tengan problemas, advierten los expertos

http://www.nlm.nih.gov/medlineplus/spanish/news/fullstory_121622.html

-Joan Durrant and Ron Ensom. Physical punishment of children: lessons from 20 years of research. CMAJ, 2012 DOI: 10.1503/cmaj.101314

Texto: Elena Mayorga

El vínculo paterno

Desde el blog de Miriam Tirado, A flor de pell, os traemos un texto precioso que emocionará a los papás… y también a las mamás.

 

 

Cuando tenías casi un mes nos fuimos tres días fuera con tus abuelos. Tu padre tuvo que venir un día y medio más tarde. Era la primera vez que estaba tantas horas sin verte. Llegó el sábado por la noche y tú aún no dormías. Yo tenía muchas ganas de verlo, muchísimas, porque para mí también era la primera vez que me separaba de él después de tenerte y en aquellos momentos, en pleno postparto, yo sólo tenía ganas de estar juntos, los tres. Cuando llegó vino directo a verte. Yo te llevaba en brazos y enseguida te miró y te dijo: “Hola, preciosa… te he echado de menos”. Te cogió y te miró cara a cara. Abriste los ojos como platos y estuviste sin parpadear más tiempo del que nunca hubiera creído que era posible. Se te relajó la cara, dibujaste una sonrisa y fuiste llenándote de padre. Os hicisteis la mirada más larga y más intensa que he visto nunca. En silencio. Yo… sólo podía observaros, conmovida.

Ese día me di cuenta de lo fuerte que era vuestro vínculo a pesar de hacer sólo un mes que os abrazábais y que os veíais. Ese día me di cuenta que a pesar de que él no te llevó en su vientre, tú y él os conocíais desde hacía mucho tiempo… que el pensarte, el hablar de ti, el tocarte a través de mi barriga, el amarte desde tanto tiempo antes… había creado un vínculo sólido, profundo que entonces simplemente, se manifestaba.

Recuerdo cómo le costaba, al principio de tenerte en mi vientre, hablarte en voz alta. Estuvo tiempo poniendo la mano sobre mi barriga, con los ojos cerrados, diciéndote cosas en silencio, cosas que sólo él y tú sabéis. Fue a medida que te fue notando todo el cuerpo, a medida que fuiste creciendo y haciéndote más y más presente que perdió la vergüenza y comenzó a decirte cosas también en voz alta. A mí me encantaba ver cómo os comunicábais con la voz y el tacto a través de mi cuerpo…

Quiero que sepas que tu padre no ha dudado nunca de la fuerza de vuestro vínculo. Ni siquiera durante el largo período en que tú sólo querías a mamá, porque yo era tu todo, tu alimento, tu reposo, tu consuelo, tu paraíso donde te sentías protegida y feliz. Ni siquiera cuando empezaste a reclamarlo pero a ratos pequeñitos para jugar y enseguida volvías a mis brazos, dejó de saber ni un sólo instante como lo amabas. Ni cuando empecé a trabajar y tú llorabas porque no querías que me fuera y él tenía que acompañarte en esos momentos de rabia y tristeza, no dudó ni un segundo de que a él, también lo querías cerca.

Y es esto lo que ha hecho durante todo este tiempo. Estar. Estar cuando querías jugar sólo un momento, y también cuando querías y necesitabas su energía masculina para relacionarte de otra manera con otra persona. Él ha estado presente a tu lado acompañándote en los momentos de fusión conmigo, tu madre, respetando que era eso lo que necesitabas y querías, aceptando simplemente el momento, sin sentir que lo menospreciabas o que no te importaba.

Y ahora… que te has ido creciendo, que pronto cumplirás tres años… ahora tu amor por él, simplemente, ha explotado, manifestándose de la manera más enérgica y femenina. Ahora no encuentras a nadie tan guapo, tan fantástico, tan divertido y simpático como tu padre. Ahora lo quieres en todo momento, no quieres que se vaya a trabajar y cuando tiene fiesta el día es una fiesta. Aprovechas los ratos con él como si fueran los últimos y le dices una y otra vez cuánto le amas con besos, abrazos y con frases tan divertidas como “papá, creo que eres muy guapo”. Estás enamorada, de la misma manera que lo has estado de mí durante todo este tiempo.

Os he tirado muchas fotos, últimamente, porque un día, cuando seas mayor y leas estas palabras, puedas ver también la felicidad en su cara. Puedas ver lo feliz que es de ser tu padre, de estar a tu lado, y puedas ver, en sus ojos y los tuyos, lo fuerte que es vuestro vínculo. Como aquel sábado por la noche, en la mirada más larga e intensa que he visto nunca hacerse dos personas.

¿Qué decirle a un niño para prevenir los abusos?

Desde Bebesymas.

 

¿Qué decirle a un niño para prevenir los abusos?

Mireia Long

 

La idea de que alguien pueda hacerle daño a nuestros hijos es terrorífica, tanto que llegamos a rechazar pensar en ello y hablar a los niños de esa posibilidad. Sin embargo, al mantenerlos en la total ignorancia puede que los estemos poniendo en peligro. Pero, ¿qué decirle a un niño para prevenir los abusos?

Debo deciros que yo no era apenas consciente de que el abuso sexual en la infancia sucediera más allá de algunos casos terribles que podía leer en las noticias, hasta que, en grupos de madres, algunas fueron contando que los habían padecido en su infancia y que sentían que eso estaba perjudicando su vida todavía. Eran muchas más de las que podría haber pensado. Y no venían de familias problemáticas ni los abusadores eran, aparentemente, criminales peligrosos sino familiares o figuras cercanas con vidas y comportamientos adaptados y “normales”. La mayoría de ellas tardaron años en reconocer lo que les había pasado y en casi ningún caso lo contaron cuando les sucedió. Y las que lo contaron rara vez fueron creidas. Todavía sufren por el pasado y muchas tienen secuelas emocionales: terrores, ansiedad, problemas alimentarios, disfunciones sexuales, asco al dar el pecho, merma de su autoestima o dificultades para un contacto físico cercano.

Y cuando comencé a leer y a investigar me encontre con que el abuso sexual es una lacra casi invisible pero dolorosamente real. Por eso creo que es indispensable que los padres sepamos que existe y ayudemos a que nuestros hijos no se conviertan en víctimas. Podemos prevenirlo con información adecuada.

Las cifras del abuso sexual

Las cifras son escalofriantes. Hace un tiempo os contamos que un estudio publicado por la revista The Lancet consideraba que un 30% de las niñas y un 15% de los niños sufren algún tipo de abuso sexual durante su infancia o adolescencia.

Debemos ser conscientes que los abusadores existen, y me refiero al abuso sexual. También tenemos que saber que el abuso se produce, generalmente, por parte de alguien del entorno más cercano del niño, en la familia o entre conocidos en los que sus padres confiaban.

Los abusadores puede que busquen profesiones o actividades que les permitan estar en contacto con los niños a solas y ejercer como figuras de autoridad para ellos. Lo cierto es que, en la mayoría de los casos, no vamos a poder identificarlos a primera vista; es más, cuando se les descubre la gente del entorno suele describirlos como encantadores o inofensivos.

Por eso es especialmente vital que la víctima sepa identificar si sufre una agresión aunque sea fugaz o disimulada por parte de un abusador. Pues existen, eso es evidente, y posiblemente hasta conocemos a alguno sin saberlo, igual que seguro que conocemos a adultos que sufrieron abusos y a niños que los sufren.

Si estas cifras son ciertas mirar a los niños de nuestro entorno causa angustia. No solo si pensamos en el riesgo real, que ahora vamos a intentar evitar, sino también si reflexionamos sobre los casos que se pueden estar desarrollando. Incluso sabiendo que en el análisis se incluen todas las formas de abuso sexual en la infancia y adolescencia, no solo las violaciones, siguen pareciéndome terribles.

Está ahora juzgándose en España un caso contra varios presuntos abusadores acusados de violaciones a menores reiteradas durante años, algo que los niños callaban hasta ahora y me ha hecho pensar en lo que los padres podemos hacer para prevenir que nuestros hijos puedan ser víctimas de los monstruos que hacen esas cosas.

Prevenir los abusos sexuales

Quizá es imposible evitar todos los abusos, pero sin duda es posible prevenirlos. Para hacerlo hay dos cosas que podemos hacer: ser nosotros vigilantes y además, enseñar a los niños que el abuso existe y que nadie puede tocarlos de forma inadecuada.

A los niños hay que explicarles que lugares de su cuerpo y que formas de tocarlos no son correctas y enseñarles que, si alguien hace algo que les incomoda, deben salir corriendo inmediatamente y no aceptar el contacto físico indeseado. Eso pasa incluso por no obligarles a darle besos a alguien si no quieren, pues de ese modo se sienten dueños de sus cuerpos y saben que nadie puede forzarlos a hacer algo que no quieran.

Hay que explicarles, en la medida de su comprensión, que hay personas que, incluso pareciendo muy buenas, nos pueden engañar y tratar de hacerles daño o tocarlos de forma indebida. Nadie, nadie, puede tocarlos o acariciarlos de forma que no les guste. Puede que eso haga que rechaze abrazos de alguien que es inofensivo pero eso reforzará su confianza en que tienen derecho a decir que no.

También, por supuesto, hay que enseñarles que no deben irse con extraños, sea porque les piden ayuda para buscar un cachorrito o les ofrezcan un juguete o una golosina. Pero, por supuesto, ni todos los extraños van a querer hacerles daño, ni todas las personas conocidas o de confianza son seguras.

La norma de no estar solos y no irse con desconocidos es fundamental. Deben gritar y huir si alguien quiere llevárselos y tirarse al suelo pataleando y chillando si los agarran. Pero, cuando se trata de personas conocidas de su entorno el asunto es más delicado, pues pueden tratar de engañarlos o asustarlos para que sean dóciles o callen lo sucedido.

Por eso, siempre debemos reiterarles que confiamos en ellos y que deben contarnos cualquier cosa mala que les suceda, pues creeremos en ellos y los defenderemos, incluso si la persona que los ha dañado es muy cercana a nosotros.

Un consejo general, de todos modos, sería no dejar a nuestros hijos a solas con nadie en quien no confiemos absolutamente (ni familia, ni amigos, ni cuidadores, ni figuras con autoridad espiritual, ni maestros ni entrenadores o monitores) pues los abusadores aprovechan cuando el niño está desprotegido e, incluso así, estar abiertos a percibir signos de abusos y reiterándole a nuestro hijo a menudo que nadie puede tocarles indebidamente y que, si algo extraño les sucede, deben contárnoslo inmediatamente y los salvaremos.

Miedo en los niños

Tenemos que ser conscientes de que contarles esto a los niños puede causarles miedo y preocuparlos. La idea no es que vivan aterrorizados o desconfiando del mundo, ni pensando que todos son malvados, pero si que conozcan la realidad para poder enfrentarse a ella y evitar ser víctimas.

Vivir con miedo no los va a proteger, pero si el saber como actuar si la situación se presenta. Es decir, les estamos dando armas y protegiéndolos al contárselo.

Hay explicar las cosas poco a poco y desde pequeños, cuando no entienden que es el abuso, y enseñarles a ser dueños de sus propios cuerpos y a tener confianza absoluta en nosotros les digan lo que les digan o los amenacen con lo que les amenacen. Podemos prevenir que sean víctimas del abuso sexual hablando con ellos.

Colecho: ¿Es malo compartir la cama con el bebé?

Nos llega vía Una maternidad diferente la opinión del comité de lactancia materna de la Asociación Española de Pediatría sobre el colecho:  http://enfamilia.aeped.es/edades-etapas/colecho

 

Colecho: ¿Es malo compartir la cama con el bebé?

La manera de dormir de los mamíferos se ha visto determinada, tras miles de años de adaptación, para garantizar su supervivencia. Los humanos, al ser muy dependientes durante el primer año de vida, tratan de estar cerca de su cuidador, casi siempre la madre. Ésta representa la fuente de alimento, calor, protección, consuelo y soporte a las necesidades del recién nacido.

El hecho de que el bebé se despierte con facilidad y llore porque tenga hambre o quiera contacto físico, disminuye el riesgo de que sufra bajadas del azúcar corporal (hipoglucemia) y asfixia (apnea). Por otro lado, la leche materna facilita que el niño coja el sueño, en parte debido a que contiene una sustancia (triptófano) que ayuda a dormirse.

En toda la historia de la humanidad los niños han dormido con sus padres. Esta práctica se llama colecho cuando se comparte la misma cama. El contacto continuo favorece el desarrollo del vínculo afectivo, el bienestar del bebé, el desarrollo neuronal y la capacidad de respuestas adecuadas ante situaciones de estrés. Estudios recientes demuestran que la cercanía del niño y la madre facilita el mantenimiento de la lactancia materna y que ésta tiene un efecto protector frente al síndrome de muerte súbita del lactante. También se sabe que el colecho es más frecuente en los niños alimentados al pecho, que en los que reciben lactancia artificial.

Cuando el niño crece, va cambiando su manera de dormir. A medida que se hacen mayores, los bebés se despierten más por la noche (no menos, como muchos piensan). Cuando el niño tiene alrededor de un año de edad, el grado de desarrollo alcanzado por su cerebro le permite tener pesadillas que le despiertan asustado y a veces agitado. En ese momento, el niño busca refugio y consuelo junto a sus padres, en quienes tiene depositada su confianza afectiva. Hay que conocer los patrones normales de sueño para aceptarlos mejor. También hay que saber que no hay soluciones mágicas para evitar los despertares nocturnos y que el sentido común debe primar.

La decisión de dormir con sus hijos ha de ser una opción de los padres. Tal decisión va ligada a la cultura y a los deseos de cada familia sobre la relación con sus hijos. A los profesionales de la salud, médicos, pediatras y enfermeras les corresponde reforzar este tipo de práctica, dando información sobre ciertas circunstancias que pueden suponer un riesgo para los niños si se practica el colecho, principalmente entre los menores de 6 meses de edad.

Recomendaciones a la hora de dormir:

  • El bebé debe dormir siempre boca arriba.
  • Sobre una superficie firme, sin almohadones, cojines ni peluches. Ni en un sofá estrecho.
  • Evitar arropar al niño en exceso (mantas o frazadas gruesas).
  • No dormir en la misma cama si los padres fuman.
  • Tampoco se debe practicar colecho si los padres consumen alcohol, drogas o medicamentos que disminuyan su capacidad de respuesta.
  • Si concurre alguna de estas circunstancias, el niño no debe dormir en la cama de los padres, sino en la misma habitación con la cuna al lado de la cama o en una cuna tipo “side-car” (superficie independiente adosada a la cama de los padres).

Artículo elaborado por el Comité de Lactancia Materna de la Asociación Española de Pediatría

 

¿Se acaba el apego en la crianza a los tres años?

Desde Educarpetas

 

¿Se acaba el apego en la crianza a los tres años?

 

Como psicóloga y colaboradora en asociaciones de familia y en grupos de apoyo a la maternidad, observo frecuentemente que a medida que la edad de los hijos crece, disminuye la predisposición en las mamás (o personas más cercanas al niño) a mantener una crianza desde el enfoque del respeto. Por supuesto, el amor a los hijos permanece intacto, pero suelen aparecer dudas serias acerca de “si lo estamos haciendo bien” o si quizás haber elegido otras formas de crianza hubiera favorecido descansar más, tener más tiempo para la vida personal o tener niños “más educados”. De pronto, parece que las familias no son tan sensibles a la necesidad de encontrar espacios y tiempos respetuosos con los niños, que es lícito (o menos grave) usar estrategias de amenaza o chantaje en ocasiones puntuales o que ya no es tan necesario ser tan estrictas respecto a su alimentación (por poner algunos ejemplos).

¿Por qué sucede esto? ¿qué pasa cuando los niños crecen y se tiene la sensación de que lo que hacíamos hasta ahora “ya no funciona”? Y sobre todo ¿qué hay de nuevo en el desarrollo evolutivo de un niño que complica tanto esta etapa?

Hay tantos motivos como niños, madres y familias; pero yo encuentro tres grandes grupos que engloban la mayoría de estas circunstancias: factores personales de la madre/padre, razones ambientales de la familia y el entorno y la consecución de nuevos hitos evolutivos del niño.

a) Los factores personales que afectan a la madre (o a la persona que cuida preferentemente al niño) tienen mucho que ver con la situación emocional en la que se encuentra. Con un bebé es frecuente tener la sensibilidad a flor de piel: bien exultante de alegría y con necesidad de compartir, bien con agotamiento o tristeza. Ambos extremos facilitan que la madre acuda a grupos de apoyo a la lactancia, asociaciones familiares, grupos de ayuda maternales, que consulte foros, que lea mucha documentación… la madre suele disfrutar de dieciséis semanas de permiso de maternidad (escasas) con lo que cuenta con algo de tiempo libre adicional para trabajar sus emociones, sus miedos y sus anhelos. Suele estar receptiva, buscar ayuda, aceptarla, valorar distintas opciones y elegir la que más se adecue a sus necesidades. La madre es muy visible en esos momentos en las esferas maternales.

A medida que pasa el tiempo, las emociones se relajan, todo se tranquiliza. Aparece la necesidad de dedicarse más tiempo a una misma, a recuperar actividades aparcadas. Quizá venga un siguiente hijo, y ya no se dispone de tanto tiempo para compartir sentimientos. O incluso, acaba la pausa laboral que algunas madres deciden hacer: se acaban las excedencias y con ello aparece la necesidad de reincorporarse a jornadas laborales muchas veces extenuantes. Por todas estas cosas y muchas más, la mujer deja de asistir a los grupos o está centrada en otras actividades (como por ejemplo la escolarización). Ya no es tan fácil compartir las ideas, el qué, el cómo hacer. No existen tantas oportunidades para observar a otras madres en circunstancias similares: salvo en los parques o en los centros comerciales, apenas hay momentos para contemplar a una madre y a un hijo que ya no es bebé en transacciones respetuosas. En estos casos, la crianza con apego apenas se ve en público a partir de cierta edad.

b) Existen otra serie de factores, de corte si se quiere más “ambiental” que comienzan a pesar mucho al crecer los niños. Está, por ejemplo, la incorporación a las aulas. Muchas madres deciden quedarse en casa con los pequeños hasta que éstos cumplen tres años, pero al llegar esta edad sienten una fuerte presión social por escolarizarlos o desconfianza en su propia capacidad para instruirles en casa. O como comentábamos más arriba, muchas no pueden/quieren estirar la excedencia y la alternativa es la escuela. En lo que respecta a la escuela, la realidad es que en España no hay, en estos momentos, una buena red de escuelas respetuosas. Sí existen cada vez más proyectos interesantes, pero todavía, por distancia o por precio, no llegan a la mayoría de la población. Si a eso le juntamos las jornadas laborales de los padres y la dispersión de las familias, nos encontramos con que la única posibilidad para muchos padres es el colegio que “toque”, por cercanía o por puntos, sin posibilidad de elegir ni de valorar los proyectos educativos o curriculares. Muchos niños que se incorporan al colegio no se sienten ni felices ni acompañados, y si bien su potencial de adaptación favorece que salgan adelante, frecuentemente la asistencia a las aulas genera comportamientos disruptivos como peleas o rabietas en casa, dónde se sienten libres y protegidos, pero que afectan negativamente (si no se manejan con cautela) al clima familiar.

Existe otro importante condicionante que impone una violencia muy sutil. Cuando los niños ya son mayorcitos son arrastrados hacia la dinámica de las comparaciones por parte de los adultos: hablamos y etiquetamos lo listos, lo guapos y lo simpáticos que son. O lo bien o mal que se portan, lo que lloran o dejan de llorar, lo que gritan o no… Las familias suelen sentir que se las juzga en función de lo que sus hijos hacen o dejan de hacer, y normalmente este juicio es en negativo. De ahí que muchos padres empiecen a sopesar a estas edades la necesidad de establecer “tiempos fuera”, condiciones o chantajes. Se escudriña la realidad para comprobar si los demás niños se portan igual de “bien” o “mal” que los propios, o cómo reaccionan a estímulos similares. Si alguna situación resulta violenta o los padres se ven con dificultades de afrontarla, ya no se percibe tanto como una etapa del crecimiento y se achaca más al hecho de que quizás no estén del todo “bien educados” o tengan “buenos hábitos”. Y no quiero decir con esto que no sea correcto reflexionar sobre las propias prácticas, pero ha de hacerse en momentos de tranquilidad y movidos por un deseo de mejora, no a través de comparaciones puntuales. Cuando sucede esto, la crianza desde el respeto se censura.

c) El último de los grupos abarca todo lo relacionado con la propia historia de desarrollo de los niños. Si durante las primeras etapas era suficiente con acompañar el llanto, ofrecer calor y seguridad, alimentar y nutrir física y afectivamente, ahora estas herramientas se quedan escasas ante los argumentos o berrinches de un niño que ya no lo es tanto, al que ya no le podemos dar tanto “cobijo físico”. ¿Qué sucede cuando el niño crece?

Pues por un lado sucede lo que poco tiempo atrás las familias pensaban que nunca llegaría: la “independencia”. Y con la independencia llega la elaboración de las propias normas y a través de éstas, los primeros enfrentamientos “serios”. Es en este momento cuándo los padres se enfrentan a un dilema importante: ¿acabamos una conversación “porque sí” o intentamos razonar? Hasta ahora se podía explicar y el niño podía aceptar con cierta facilidad, o se dejaba distraer. Ahora, el pequeño rebate todos los argumentos, defiende su terreno y sus intereses, y cuando agota sus recursos, acaba cayendo en el enfado. Cómo actuar en este momento daría para un artículo completo por sí mismo, pero considero que hay dos cuestiones principales que se deben tener un presente:
• La primera de ellas es que es conveniente alejarse de las soluciones que “funcionen”. La mayoría de padres desean que sus hijos sean capaces de valerse por sí mismos en el futuro, de defender sus derechos y hacerlo de forma asertiva y para llegar a ese punto es necesario entrenarse, no sirve obedecer “porque sí”, y además debemos ver ejemplos de cómo se hace, así que los adultos deberían tener alternativas en casi cada momento. La crianza respetuosa sólo tiene sentido en la distancia, el “aquí y ahora” son relativos. Los adultos no deberían tener miedo a las rabietas.
• La segunda cuestión es que se debería intentar en lo posible enseñar a manejar al niño esa frustración y aprovechar un estado emocional tan intenso para hacerle reflexionar e identificar las sensaciones, lo que significan y lo que provocan tanto en ellos mismos como en los demás, así como las emociones posteriores, tanto las agradables relacionadas con la liberación como las desagradables relacionadas con la tristeza o remordimientos.

Además de la independencia y sus consecuencias, hay que considerar también las limitaciones cognitivas que este pequeño cerebro pensante todavía no puede superar y que suelen ser las causantes de algunos problemas “domésticos”. Algunas mamás dicen que sus hijos cambian tanto que se vuelven unos desconocidos ¿qué sucede? El niño se encuentra ahora en la etapa pre-operatoria, con lo que transforma su inteligencia práctica (que puede organizar en actividades reales, como rutinas) en una capacidad de ejecución mucho más fina, más elaborada, que es capaz de ir más allá del momento inmediato. Aparecen los símbolos, los conceptos abstractos y una imaginación desbordante, así como un impulso por realizar las cosas por sí mismo. Además, existen una serie de características de pensamiento muy especiales en esta etapa, que conllevan malentendidos o enfados que seguro resultan muy familiares para los que tengan cerca de niños de estas edades; las más llamativas son:

• La centración, o la incapacidad para considerar distintas dimensiones de una situación, lo que altera el razonamiento. Por ejemplo, cuando un niño no entiende que su mamá es a la vez hija de su abuela y mamá de un hermano. El tan traído y llevado “mi mamá es mía” y las ganas de hacerle rabiar de algunos adultos que frecuentemente acaba en llanto se explicaría por este fenómeno.
• Dificultades con la reversibilidad: en ocasiones no son capaces de comprender que no hay vuelta atrás (por ejemplo con el tema de la muerte) y en otras no pueden imaginar una acción que se deshace. Se le une a este fenómeno el estatismo o la dificultad para entender las transformaciones. Es muy típica por ejemplo la discusión por una galleta que se cae y se rompe y el niño no la quiere ya, porque la desea redonda y entera, para desesperación del adulto que lo considera un capricho sin más.
• Sigue habiendo un punto de vista muy egocéntrico que se manifiesta en dificultades para separar su propio pensamiento del de los demás o del mundo exterior. Muy habitual cuando aparecen hermanos pequeños: “es que quiere que juguemos a la pelota ahora”.
• El animismo o la percepción de las cosas como seres conscientes (una muñeca o una piedra, fuera del momento de juego).

Es decir, a causa de estos cambios, la crianza respetuosa se ve resentida porque es mucho más difícil.

¿Y qué tendrían que hacer los adultos que perciban que quizá su estilo de crianza, elegido, buscado y trabajado se empieza a difuminar? Quizá lo mismo que se hacía cuando los niños eran más pequeños: analizar el propio comportamiento, el estado de ánimo, la disposición y la paciencia; y seguir compartiendo con otras familias, aprendiendo y ofreciendo alternativas, pues el ejemplo y la transmisión de valores es el camino correcto hacia una sociedad más sana.

Beatriz Coronas C.

Los niños criados con afecto tienen un hipocampo más grande

Os dejamos esta noticia, que nos ha encantado leer :-))

http://www.madrimasd.org/informacionidi/noticias/noticia.asp?id=51386

Los niños criados con afecto tienen un hipocampo más grande, según un estudio

Los niños criados con afecto tienen el hipocampo, la zona del cerebro encargada de la memoria, casi un 10 por ciento más grande que el resto, según un estudio divulgado en EE.UU.

FUENTE | Agencia EFE 31/01/2012

La investigación, llevada a cabo por psiquiatras y neurocientíficos de la Universidad Washington de Saint Louis, “sugiere un vínculo claro entre la crianza y el tamaño del hipocampo”, destacó uno de sus autores, la profesora de psiquiatría infantil Joan L. Luby.

El estudio, el primero que relaciona el tamaño del cerebro infantil con la forma en que un niño es criado, fue publicado por la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).

Para la investigación, los expertos analizaron imágenes cerebrales de niños de entre 7 y 10 años que, cuando tenían entre 3 y 6 años, fueron observados en interacción con alguno de sus padres, casi siempre con la madre.

Se analizaron escáneres cerebrales de 92 de esos niños, algunos mentalmente sanos y otros con síntomas de depresión. Los niños sanos y criados con afecto tenían el hipocampo casi un 10 por ciento más grande que el resto.

“Tener un hipocampo casi un 10 por ciento más grande es una evidencia concreta del poderoso efecto de la crianza”, subrayó Luby.

Después abogó por fomentar, “como sociedad”, la crianza con amor y cuidado de los niños, puesto que “claramente tiene un impacto muy grande en el desarrollo posterior” de la persona.

Durante años muchas investigaciones han puesto de relieve la importancia de la crianza, aunque casi siempre centradas en factores psicosociales y en el rendimiento escolar, pero este estudio “es el primero que realmente muestra un cambio anatómico en el cerebro”, enfatizó Luby.

Aunque en el 95 % de los casos estudiados participaron las madres biológicas de los niños, los investigadores señalan que el efecto en el cerebro es el mismo si el cuidador principal es el padre, los padres adoptivos o los abuelos.