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Los cachetes sí perjudican la salud: sí está científicamente demostrado.

Visto en la revista Mente Libre.

 

Aún hoy en día, y a pesar de que en muchos países del mundo están prohibidos por sus claros perjuicios físicos y mentales para los niños, muchos padres siguen justificando el cachete como método educativo.

Resulta curioso, pero una de las escusas más utilizadas para seguir pegando, es el argumentar que no está científicamente demostrado que el cachete sea dañino para los niños. Para muestra de las falacias que llegan a alegar, este testimonio que recogió Ramón Soler en su excelente serie de artículos  Ciencia y expertos: Excusas para pegar a mi hijo (IV)

“No estoy para nada de acuerdo con que un cachete puntual sea un acto de violencia. Y eso no significa no respetarles ni considerarlos subhumanos. me gustaría ver en qué datos se basan los estudios que descartan el cachete y también me gustaría saber si alguien se ha molestado en estudiar si los niños criados con “diálogo” son mejores personas que los que han sufrido el terrible trauma del cachete (y no mezclemos el maltrato, que es otra cosa).”

Sin embargo, sí que está demostrado científicamente que los cachetes perjudican muy seriamente la salud y no sólo la de los niños que son ahora, sino que también, la de los adultos que serán mañana.

Existen cientos de artículos que lo demuestran y de hecho, en febrero pasado se publicó un macroestudio de dos expertos canadienses en desarrollo infantil en el que concluyeron, tras examinar dos décadas de investigación sobre el tema, que el castigo físico plantea riesgos graves para el desarrollo a largo plazo de un niño.

Joan Durrant, psicóloga infantil y profesora de ciencias sociales de la familia en la Universidad de Manitoba y Ron Ensom, que en el momento del estudio era trabajador social del Hospital Pediátrico del Este de Ontario en Ottawa, señalaron que se podría decir que sin excepción, el castigo físico se asocia con mayores niveles de agresión contra los padres, los hermanos, los pares y los cónyuges. De hecho, los niños que reciben azotes tienden a volverse más agresivos con el tiempo que los que no son maltratados.

Además, los autores informaron de que a largo plazo, el castigo físico se relaciona con graves problemas de salud mental, como adicciones, depresión o ansiedad.

Por otra parte, estudios recientes realizados con neuroimágenes muestran que el castigo corporal podría alterar partes del cerebro que se relacionan con el rendimiento en pruebas de coeficiente intelectual y aumentar la vulnerabilidad a la dependencia de las drogas o el alcohol.

El maltrato físico y psicológico contra los niños supone una verdadera lacra social contra la que debemos luchar todos. Aunque muchos padres no lo quieran admitir, según un estudio de 2010 de la Universidad de Carolina del Norte casi el 80 por ciento de los niños de preescolar de EE. UU. reciben cachetes, los azotes resultan muy perjudiciales para la salud de los niños a corto y a largo plazo. Toda violencia es deplorable y más aún cuando va dirigida hacia los más débiles y desprotegidos física y psicológicamente, como decía Ramón Soler en su artículo: “Aparte de un abuso desequilibrado de poder del adulto sobre el niño, el cachete conlleva un desprecio y una falta de respeto hacia una persona que no puede defenderse”.

Por cierto, la solución a los cachetes tampoco debe pasar por el conductismo basado en premios y castigos, como insinúa una psicóloga en el artículo de Medline.

El 25 de abril se celebró el Día Internacional Contra el Maltrato Infantil. Maltratar a un bebé, a un niño, es el acto más vil que se pueda cometer. Todos debemos luchar para evitar todo tipo de maltrato infantil. Todos podemos educar en la paz, la cooperación y la integridad, sólo tenemos que estar dispuestos a romper con nuestros viejos esquemas.

La felicidad de los niños es el verdadero bien de la humanidad.

Más información:

Ciencia y expertos: Excusas para pegar a mi hijo (IV)

Excusas para pegar a mi hijo (I)

Lenguaje y comunicación. Excusas para pegar a mi hijo (II)

Permisividad y respeto: Excusas para pegar a mi hijo (III).

-Physical Punishment of Children Potentially Harmful to Their Long-Term Development

http://www.sciencedaily.com/releases/2012/02/120206122447.htm

-Las nalgadas hacen que los niños tengan problemas, advierten los expertos

http://www.nlm.nih.gov/medlineplus/spanish/news/fullstory_121622.html

-Joan Durrant and Ron Ensom. Physical punishment of children: lessons from 20 years of research. CMAJ, 2012 DOI: 10.1503/cmaj.101314

Texto: Elena Mayorga

Curso “Construimos Matemáticas”

A falta de definir la fecha para el módulo 3 (9-12 años), os enviamos la información para el curso “Construimos Matemáticas”.

Como os adelantamos, los módulos 1 (3-6 años) y 2 (6-9 años) serán el sábado 26 de mayo y el sábado 9 de junio.

¡Esperamos que los disfrutéis! 🙂

 

Cartel: Curso construimos matematicasportada

Programa: Temario curso

Información práctica (precio, inscripciones, etc.): tripticocursoconstruimosmatematicas

 

¿Qué decirle a un niño para prevenir los abusos?

Desde Bebesymas.

 

¿Qué decirle a un niño para prevenir los abusos?

Mireia Long

 

La idea de que alguien pueda hacerle daño a nuestros hijos es terrorífica, tanto que llegamos a rechazar pensar en ello y hablar a los niños de esa posibilidad. Sin embargo, al mantenerlos en la total ignorancia puede que los estemos poniendo en peligro. Pero, ¿qué decirle a un niño para prevenir los abusos?

Debo deciros que yo no era apenas consciente de que el abuso sexual en la infancia sucediera más allá de algunos casos terribles que podía leer en las noticias, hasta que, en grupos de madres, algunas fueron contando que los habían padecido en su infancia y que sentían que eso estaba perjudicando su vida todavía. Eran muchas más de las que podría haber pensado. Y no venían de familias problemáticas ni los abusadores eran, aparentemente, criminales peligrosos sino familiares o figuras cercanas con vidas y comportamientos adaptados y “normales”. La mayoría de ellas tardaron años en reconocer lo que les había pasado y en casi ningún caso lo contaron cuando les sucedió. Y las que lo contaron rara vez fueron creidas. Todavía sufren por el pasado y muchas tienen secuelas emocionales: terrores, ansiedad, problemas alimentarios, disfunciones sexuales, asco al dar el pecho, merma de su autoestima o dificultades para un contacto físico cercano.

Y cuando comencé a leer y a investigar me encontre con que el abuso sexual es una lacra casi invisible pero dolorosamente real. Por eso creo que es indispensable que los padres sepamos que existe y ayudemos a que nuestros hijos no se conviertan en víctimas. Podemos prevenirlo con información adecuada.

Las cifras del abuso sexual

Las cifras son escalofriantes. Hace un tiempo os contamos que un estudio publicado por la revista The Lancet consideraba que un 30% de las niñas y un 15% de los niños sufren algún tipo de abuso sexual durante su infancia o adolescencia.

Debemos ser conscientes que los abusadores existen, y me refiero al abuso sexual. También tenemos que saber que el abuso se produce, generalmente, por parte de alguien del entorno más cercano del niño, en la familia o entre conocidos en los que sus padres confiaban.

Los abusadores puede que busquen profesiones o actividades que les permitan estar en contacto con los niños a solas y ejercer como figuras de autoridad para ellos. Lo cierto es que, en la mayoría de los casos, no vamos a poder identificarlos a primera vista; es más, cuando se les descubre la gente del entorno suele describirlos como encantadores o inofensivos.

Por eso es especialmente vital que la víctima sepa identificar si sufre una agresión aunque sea fugaz o disimulada por parte de un abusador. Pues existen, eso es evidente, y posiblemente hasta conocemos a alguno sin saberlo, igual que seguro que conocemos a adultos que sufrieron abusos y a niños que los sufren.

Si estas cifras son ciertas mirar a los niños de nuestro entorno causa angustia. No solo si pensamos en el riesgo real, que ahora vamos a intentar evitar, sino también si reflexionamos sobre los casos que se pueden estar desarrollando. Incluso sabiendo que en el análisis se incluen todas las formas de abuso sexual en la infancia y adolescencia, no solo las violaciones, siguen pareciéndome terribles.

Está ahora juzgándose en España un caso contra varios presuntos abusadores acusados de violaciones a menores reiteradas durante años, algo que los niños callaban hasta ahora y me ha hecho pensar en lo que los padres podemos hacer para prevenir que nuestros hijos puedan ser víctimas de los monstruos que hacen esas cosas.

Prevenir los abusos sexuales

Quizá es imposible evitar todos los abusos, pero sin duda es posible prevenirlos. Para hacerlo hay dos cosas que podemos hacer: ser nosotros vigilantes y además, enseñar a los niños que el abuso existe y que nadie puede tocarlos de forma inadecuada.

A los niños hay que explicarles que lugares de su cuerpo y que formas de tocarlos no son correctas y enseñarles que, si alguien hace algo que les incomoda, deben salir corriendo inmediatamente y no aceptar el contacto físico indeseado. Eso pasa incluso por no obligarles a darle besos a alguien si no quieren, pues de ese modo se sienten dueños de sus cuerpos y saben que nadie puede forzarlos a hacer algo que no quieran.

Hay que explicarles, en la medida de su comprensión, que hay personas que, incluso pareciendo muy buenas, nos pueden engañar y tratar de hacerles daño o tocarlos de forma indebida. Nadie, nadie, puede tocarlos o acariciarlos de forma que no les guste. Puede que eso haga que rechaze abrazos de alguien que es inofensivo pero eso reforzará su confianza en que tienen derecho a decir que no.

También, por supuesto, hay que enseñarles que no deben irse con extraños, sea porque les piden ayuda para buscar un cachorrito o les ofrezcan un juguete o una golosina. Pero, por supuesto, ni todos los extraños van a querer hacerles daño, ni todas las personas conocidas o de confianza son seguras.

La norma de no estar solos y no irse con desconocidos es fundamental. Deben gritar y huir si alguien quiere llevárselos y tirarse al suelo pataleando y chillando si los agarran. Pero, cuando se trata de personas conocidas de su entorno el asunto es más delicado, pues pueden tratar de engañarlos o asustarlos para que sean dóciles o callen lo sucedido.

Por eso, siempre debemos reiterarles que confiamos en ellos y que deben contarnos cualquier cosa mala que les suceda, pues creeremos en ellos y los defenderemos, incluso si la persona que los ha dañado es muy cercana a nosotros.

Un consejo general, de todos modos, sería no dejar a nuestros hijos a solas con nadie en quien no confiemos absolutamente (ni familia, ni amigos, ni cuidadores, ni figuras con autoridad espiritual, ni maestros ni entrenadores o monitores) pues los abusadores aprovechan cuando el niño está desprotegido e, incluso así, estar abiertos a percibir signos de abusos y reiterándole a nuestro hijo a menudo que nadie puede tocarles indebidamente y que, si algo extraño les sucede, deben contárnoslo inmediatamente y los salvaremos.

Miedo en los niños

Tenemos que ser conscientes de que contarles esto a los niños puede causarles miedo y preocuparlos. La idea no es que vivan aterrorizados o desconfiando del mundo, ni pensando que todos son malvados, pero si que conozcan la realidad para poder enfrentarse a ella y evitar ser víctimas.

Vivir con miedo no los va a proteger, pero si el saber como actuar si la situación se presenta. Es decir, les estamos dando armas y protegiéndolos al contárselo.

Hay explicar las cosas poco a poco y desde pequeños, cuando no entienden que es el abuso, y enseñarles a ser dueños de sus propios cuerpos y a tener confianza absoluta en nosotros les digan lo que les digan o los amenacen con lo que les amenacen. Podemos prevenir que sean víctimas del abuso sexual hablando con ellos.

“Todos los niños pueden ser Einstein”

Desde el fantástico blog Aprendiendo matemáticas

 

Hoy os propongo esta entrevista a Fernando Alberca, profesor de secundaria autor del libro “Todos los niños pueden ser Einstein”, publicada en La Contra de La Vanguardia.

Excepto la historia de Einstein (creo que se exagera demasiado su fracaso escolar), en lo demás, no puedo estar más de acuerdo con el profesor Alberca.

Me interesa mucho compartir con todos vosotros la opinión de personas que creen en el factor emocional del aprendizaje. Según mi experiencia, sin emoción ni motivación no se puede aprender.

 

¿Todos los niños pueden ser Einstein?

Tus hijos pueden alcanzar cualquier logro intelectual.

Pero Einstein… ¡eso es picar muy alto!

Einstein fue carne de fracaso escolar hasta los 15 años. “Mortalmente lerdo”, diagnosticó de él una profesora. “No está preparado para aprender, no llegará a nada”, dijo otro.

¿Tan desastroso era?

Su propia madre decía que era retrasado mental. Hasta los nueve años no habló bien.

¿Qué le pasó para pasar a ser genial?

Lo que puede pasarle a cualquiera: motivación y método. Motivación: pese a haber suspendido, un profesor le invitó a asistir gratis a sus clases. Por primera vez, sintió que le valoraban, que creían en él. ¡Sintió cariño!

¿Asistió Einstein a esa clase?

Tuvo que irse a otra escuela. Pero allí un profesor de historia hizo lo que nadie antes: pedirle opinión sobre las cosas.

¿Esto motivó a Einstein?

Sí. Si sientes que confían en ti, ¡te creces, para ser merecedor!

¿Y qué es eso del método?

Usó el hemisferio derecho para resolver problemas del izquierdo. Visualizaba una solución, y su esposa le ayudaba a formularla matemáticamente. Pero era el hemisferio derecho, el intuitivo y creativo, el que resolvía, no el izquierdo, el matemático.

Yo lo pasé fatal con las matemáticas.

Tus profesores no valoraron el uso de tu hemisferio derecho: podrías haber acabado encontrando la solución, pero no te dieron tiempo. Todos los escolares pueden ser motivados y todos pueden triunfar.

Cada uno nace con su inteligencia…

El coeficiente de inteligencia es innato, permanece inalterable… y no sirve para nada. ¡Lo determinante es la motivación!

¿Cómo motiva usted a sus alumnos?

Les digo que todos pueden sacar un 10 conmigo. A partir de ahí, ¡un 5 les parece poco!

¿Tan fácil?

La escuela pone el foco en la sanción, fomenta el miedo al error. Debería ponerlo en el acierto. Y en la creatividad. Pregunté a mis alumnos: “De ocho caracoles de una cesta, salen tres, ¿cuántos quedan?”.

Cinco, le dirían.

“Ocho –respondió uno–, porque han salido del caparazón, ¡pero no de la cesta!”. ¡Es una respuesta que no debería ser penalizada!

Entre tanto, 30% de fracaso escolar.

Nuestra escuela parece reñida con la inteligencia. ¡Es imposible que haya un 30% de tontos! Desconfiamos de los alumnos, los educamos para evitar el fracaso y no para tener éxito. ¡Aprendamos a jugar al éxito!

¿A usted le funciona?

Desde 1993 sólo he tenido que suspender a dos alumnos. Me han reñido por aprobar tanto. ¿Por qué? ¿No está bien lograr estimular a los alumnos para que triunfen?

Pues aconseje a sus colegas profesores.

Sabed ser el jefe de la camada. Alguien a quien los alumnos quieran seguir. Que noten que tú les ayudarás a mejorar.

¿Algo más?

Sí: no olvidéis la grandeza de este oficio. Centraos en los por qué y para qué más que en los cómo. Y usad lo que hoy se sabe acerca del aprendizaje.

¿Qué se sabe?

Que somos animales emocionales, y que una simple mirada aprobatoria de un profesor… estimulará al alumno. ¡Sólo educa quien quiere a alguien! Si queréis a vuestros alumnos, educaréis. Si no, no.

Nada estimula más a un alumno que el afecto, me quiere decir.

Es así. Sonríe… y exige. Si tu hijo detecta que confías en él, querrá superarse. A los niños les atrae el reto, la heroicidad.

Los padres, ¿debemos ayudarles o no a hacer los deberes?

Si tu niño puede abrocharse el abrigo, no se lo abroches tú. Oriéntale en los deberes, pero dile que sabes que él los resolverá. Si se los resuelves tú, le enseñas a ser incapaz.

Si pudiera imponer una sola reforma escolar, ¿cuál sería?

Dedicaría toda la primaria a una sola y única cosa: ¡aprender bien a leer y escribir!

¿Y nada más?

¡Nada hay más decisivo! Si están bien avezados en la lectura, podrán estudiar lo que quieran: se abren la puerta a todos los conocimientos. Y cuantas más cosas aprendan leyendo, ¡más inteligentes serán!

¿No es al revés?

“El aprendizaje es experiencia, el resto es información”, dijo Einstein. No aprendes cosas porque eres inteligente: aprender cosas te hace inteligente.

¿Y feliz?

Si de verdad eres inteligente, serás feliz.

¿Ah , sí?

La inteligencia consiste en resolver problemas, y el problema más difícil es ser feliz.

¿Puedo enseñarles a mis hijos cómo vivir felices?

Enséñales a superar obstáculos. A ver lo extraordinario en lo ordinario. A que todo acto tiene consecuencias. Y a amar de verdad.

¿Cómo se ama de verdad?

Sin esperar nada a cambio. Nada reporta tanta felicidad como hacer feliz al otro sin que siquiera se entere.

¿Haciendo eso nuestros hijos sean inteligentes y felices?

Dependerán menos de los azares y serán capaces de lo que se propongan. Y lo inteligente podría ser proponerse no estudiar una carrera.

¿Se acaba el apego en la crianza a los tres años?

Desde Educarpetas

 

¿Se acaba el apego en la crianza a los tres años?

 

Como psicóloga y colaboradora en asociaciones de familia y en grupos de apoyo a la maternidad, observo frecuentemente que a medida que la edad de los hijos crece, disminuye la predisposición en las mamás (o personas más cercanas al niño) a mantener una crianza desde el enfoque del respeto. Por supuesto, el amor a los hijos permanece intacto, pero suelen aparecer dudas serias acerca de “si lo estamos haciendo bien” o si quizás haber elegido otras formas de crianza hubiera favorecido descansar más, tener más tiempo para la vida personal o tener niños “más educados”. De pronto, parece que las familias no son tan sensibles a la necesidad de encontrar espacios y tiempos respetuosos con los niños, que es lícito (o menos grave) usar estrategias de amenaza o chantaje en ocasiones puntuales o que ya no es tan necesario ser tan estrictas respecto a su alimentación (por poner algunos ejemplos).

¿Por qué sucede esto? ¿qué pasa cuando los niños crecen y se tiene la sensación de que lo que hacíamos hasta ahora “ya no funciona”? Y sobre todo ¿qué hay de nuevo en el desarrollo evolutivo de un niño que complica tanto esta etapa?

Hay tantos motivos como niños, madres y familias; pero yo encuentro tres grandes grupos que engloban la mayoría de estas circunstancias: factores personales de la madre/padre, razones ambientales de la familia y el entorno y la consecución de nuevos hitos evolutivos del niño.

a) Los factores personales que afectan a la madre (o a la persona que cuida preferentemente al niño) tienen mucho que ver con la situación emocional en la que se encuentra. Con un bebé es frecuente tener la sensibilidad a flor de piel: bien exultante de alegría y con necesidad de compartir, bien con agotamiento o tristeza. Ambos extremos facilitan que la madre acuda a grupos de apoyo a la lactancia, asociaciones familiares, grupos de ayuda maternales, que consulte foros, que lea mucha documentación… la madre suele disfrutar de dieciséis semanas de permiso de maternidad (escasas) con lo que cuenta con algo de tiempo libre adicional para trabajar sus emociones, sus miedos y sus anhelos. Suele estar receptiva, buscar ayuda, aceptarla, valorar distintas opciones y elegir la que más se adecue a sus necesidades. La madre es muy visible en esos momentos en las esferas maternales.

A medida que pasa el tiempo, las emociones se relajan, todo se tranquiliza. Aparece la necesidad de dedicarse más tiempo a una misma, a recuperar actividades aparcadas. Quizá venga un siguiente hijo, y ya no se dispone de tanto tiempo para compartir sentimientos. O incluso, acaba la pausa laboral que algunas madres deciden hacer: se acaban las excedencias y con ello aparece la necesidad de reincorporarse a jornadas laborales muchas veces extenuantes. Por todas estas cosas y muchas más, la mujer deja de asistir a los grupos o está centrada en otras actividades (como por ejemplo la escolarización). Ya no es tan fácil compartir las ideas, el qué, el cómo hacer. No existen tantas oportunidades para observar a otras madres en circunstancias similares: salvo en los parques o en los centros comerciales, apenas hay momentos para contemplar a una madre y a un hijo que ya no es bebé en transacciones respetuosas. En estos casos, la crianza con apego apenas se ve en público a partir de cierta edad.

b) Existen otra serie de factores, de corte si se quiere más “ambiental” que comienzan a pesar mucho al crecer los niños. Está, por ejemplo, la incorporación a las aulas. Muchas madres deciden quedarse en casa con los pequeños hasta que éstos cumplen tres años, pero al llegar esta edad sienten una fuerte presión social por escolarizarlos o desconfianza en su propia capacidad para instruirles en casa. O como comentábamos más arriba, muchas no pueden/quieren estirar la excedencia y la alternativa es la escuela. En lo que respecta a la escuela, la realidad es que en España no hay, en estos momentos, una buena red de escuelas respetuosas. Sí existen cada vez más proyectos interesantes, pero todavía, por distancia o por precio, no llegan a la mayoría de la población. Si a eso le juntamos las jornadas laborales de los padres y la dispersión de las familias, nos encontramos con que la única posibilidad para muchos padres es el colegio que “toque”, por cercanía o por puntos, sin posibilidad de elegir ni de valorar los proyectos educativos o curriculares. Muchos niños que se incorporan al colegio no se sienten ni felices ni acompañados, y si bien su potencial de adaptación favorece que salgan adelante, frecuentemente la asistencia a las aulas genera comportamientos disruptivos como peleas o rabietas en casa, dónde se sienten libres y protegidos, pero que afectan negativamente (si no se manejan con cautela) al clima familiar.

Existe otro importante condicionante que impone una violencia muy sutil. Cuando los niños ya son mayorcitos son arrastrados hacia la dinámica de las comparaciones por parte de los adultos: hablamos y etiquetamos lo listos, lo guapos y lo simpáticos que son. O lo bien o mal que se portan, lo que lloran o dejan de llorar, lo que gritan o no… Las familias suelen sentir que se las juzga en función de lo que sus hijos hacen o dejan de hacer, y normalmente este juicio es en negativo. De ahí que muchos padres empiecen a sopesar a estas edades la necesidad de establecer “tiempos fuera”, condiciones o chantajes. Se escudriña la realidad para comprobar si los demás niños se portan igual de “bien” o “mal” que los propios, o cómo reaccionan a estímulos similares. Si alguna situación resulta violenta o los padres se ven con dificultades de afrontarla, ya no se percibe tanto como una etapa del crecimiento y se achaca más al hecho de que quizás no estén del todo “bien educados” o tengan “buenos hábitos”. Y no quiero decir con esto que no sea correcto reflexionar sobre las propias prácticas, pero ha de hacerse en momentos de tranquilidad y movidos por un deseo de mejora, no a través de comparaciones puntuales. Cuando sucede esto, la crianza desde el respeto se censura.

c) El último de los grupos abarca todo lo relacionado con la propia historia de desarrollo de los niños. Si durante las primeras etapas era suficiente con acompañar el llanto, ofrecer calor y seguridad, alimentar y nutrir física y afectivamente, ahora estas herramientas se quedan escasas ante los argumentos o berrinches de un niño que ya no lo es tanto, al que ya no le podemos dar tanto “cobijo físico”. ¿Qué sucede cuando el niño crece?

Pues por un lado sucede lo que poco tiempo atrás las familias pensaban que nunca llegaría: la “independencia”. Y con la independencia llega la elaboración de las propias normas y a través de éstas, los primeros enfrentamientos “serios”. Es en este momento cuándo los padres se enfrentan a un dilema importante: ¿acabamos una conversación “porque sí” o intentamos razonar? Hasta ahora se podía explicar y el niño podía aceptar con cierta facilidad, o se dejaba distraer. Ahora, el pequeño rebate todos los argumentos, defiende su terreno y sus intereses, y cuando agota sus recursos, acaba cayendo en el enfado. Cómo actuar en este momento daría para un artículo completo por sí mismo, pero considero que hay dos cuestiones principales que se deben tener un presente:
• La primera de ellas es que es conveniente alejarse de las soluciones que “funcionen”. La mayoría de padres desean que sus hijos sean capaces de valerse por sí mismos en el futuro, de defender sus derechos y hacerlo de forma asertiva y para llegar a ese punto es necesario entrenarse, no sirve obedecer “porque sí”, y además debemos ver ejemplos de cómo se hace, así que los adultos deberían tener alternativas en casi cada momento. La crianza respetuosa sólo tiene sentido en la distancia, el “aquí y ahora” son relativos. Los adultos no deberían tener miedo a las rabietas.
• La segunda cuestión es que se debería intentar en lo posible enseñar a manejar al niño esa frustración y aprovechar un estado emocional tan intenso para hacerle reflexionar e identificar las sensaciones, lo que significan y lo que provocan tanto en ellos mismos como en los demás, así como las emociones posteriores, tanto las agradables relacionadas con la liberación como las desagradables relacionadas con la tristeza o remordimientos.

Además de la independencia y sus consecuencias, hay que considerar también las limitaciones cognitivas que este pequeño cerebro pensante todavía no puede superar y que suelen ser las causantes de algunos problemas “domésticos”. Algunas mamás dicen que sus hijos cambian tanto que se vuelven unos desconocidos ¿qué sucede? El niño se encuentra ahora en la etapa pre-operatoria, con lo que transforma su inteligencia práctica (que puede organizar en actividades reales, como rutinas) en una capacidad de ejecución mucho más fina, más elaborada, que es capaz de ir más allá del momento inmediato. Aparecen los símbolos, los conceptos abstractos y una imaginación desbordante, así como un impulso por realizar las cosas por sí mismo. Además, existen una serie de características de pensamiento muy especiales en esta etapa, que conllevan malentendidos o enfados que seguro resultan muy familiares para los que tengan cerca de niños de estas edades; las más llamativas son:

• La centración, o la incapacidad para considerar distintas dimensiones de una situación, lo que altera el razonamiento. Por ejemplo, cuando un niño no entiende que su mamá es a la vez hija de su abuela y mamá de un hermano. El tan traído y llevado “mi mamá es mía” y las ganas de hacerle rabiar de algunos adultos que frecuentemente acaba en llanto se explicaría por este fenómeno.
• Dificultades con la reversibilidad: en ocasiones no son capaces de comprender que no hay vuelta atrás (por ejemplo con el tema de la muerte) y en otras no pueden imaginar una acción que se deshace. Se le une a este fenómeno el estatismo o la dificultad para entender las transformaciones. Es muy típica por ejemplo la discusión por una galleta que se cae y se rompe y el niño no la quiere ya, porque la desea redonda y entera, para desesperación del adulto que lo considera un capricho sin más.
• Sigue habiendo un punto de vista muy egocéntrico que se manifiesta en dificultades para separar su propio pensamiento del de los demás o del mundo exterior. Muy habitual cuando aparecen hermanos pequeños: “es que quiere que juguemos a la pelota ahora”.
• El animismo o la percepción de las cosas como seres conscientes (una muñeca o una piedra, fuera del momento de juego).

Es decir, a causa de estos cambios, la crianza respetuosa se ve resentida porque es mucho más difícil.

¿Y qué tendrían que hacer los adultos que perciban que quizá su estilo de crianza, elegido, buscado y trabajado se empieza a difuminar? Quizá lo mismo que se hacía cuando los niños eran más pequeños: analizar el propio comportamiento, el estado de ánimo, la disposición y la paciencia; y seguir compartiendo con otras familias, aprendiendo y ofreciendo alternativas, pues el ejemplo y la transmisión de valores es el camino correcto hacia una sociedad más sana.

Beatriz Coronas C.

La educación de los niños

Leído en El País:

http://www.elpais.com/articulo/opinion/educacion/ninos/elpepiopi/20080615elpepiopi_4/Tes

 

TRIBUNA: GUSTAVO MARTÍN GARZO

La educación de los niños

 

En una ocasión, Fabricio Caivano, el fundador de Cuadernos de Pedagogía, le preguntó a Gabriel García Márquez acerca de la educación de los niños. “Lo único importante, le contestó el autor de Cien años de soledad, es encontrar el juguete que llevan dentro”. Cada niño llevaría uno distinto y todo consistiría en descubrir cuál era y ponerse a jugar con él. García Márquez había sido un estudiante bastante desastroso hasta que un maestro se dio cuenta de su amor por la lectura y, a partir de entonces, todo fue miel sobre hojuelas, pues ese juguete eran las palabras. Es una idea que vincula la educación con el juego. Según ella, educar consistiría en encontrar el tipo de juego que debemos jugar con cada niño, ese juego en que está implicado su propio ser.

Pero hablar de juego es hablar de disfrute, y una idea así reivindica la felicidad y el amor como base de la educación. Un niño feliz no sólo es más alegre y tranquilo, sino que es más susceptible de ser educado, porque la felicidad le hace creer que el mundo no es un lugar sombrío, hecho sólo para su mal, sino un lugar en el que merece la pena estar, por extraño que pueda parecer muchas veces. Y no creo que haya una manera mejor de educar a un niño que hacer que se sienta querido. Y el amor es básicamente tratar de ponerse en su lugar. Querer saber lo que los niños son. No es una tarea sencilla, al menos para muchos adultos. Por eso prefiero a los padres consentidores que a los que se empeñan en decirles en todo momento a sus hijos lo que deben hacer, o a los que no se preocupan para nada de ellos. Consentir significa mimar, ser indulgente, pero también, otorgar, obligarse. Querer para el que amamos el bien. Tiene sus peligros, pero creo que éstos son menos letales que los peligros del rigor o de la indiferencia.

Y hay adultos que tienen el maravilloso don de saber ponerse en el lugar de los niños. Ese don es un regalo del amor. Basta con amar a alguien para desear conocerle y querer acercase a su mundo. Y la habilidad en tratar a los niños sólo puede provenir de haber visitado el lugar en que éstos suelen vivir. Ese lugar no se parece al nuestro, y por eso tantos adultos se equivocan al pedir a los pequeños cosas que no están en condiciones de hacer. ¿Pediríamos a un pájaro que dejara de volar, a un monito que no se subiera a los árboles, a una abeja que no se fuera en busca de las flores? No, no se lo pediríamos, porque no está en su naturaleza el obedecernos. Y los niños están locos, como lo están todos los que viven al comienzo de algo. Una vida tocada por la locura es una vida abierta a nuevos principios, y por eso debe ser vigilada y querida. Y hay adultos que no sólo entienden esa locura de los niños, sino quese deleitan con ella. San Agustín distinguía entre usar y disfrutar. Usábamos de las cosas del mundo, disfrutábamos de nuestro diálogo con la divinidad. Educar es distinto a adiestrar. Educar es dar vida, comprender que el dios del santo se esconde en la realidad, sobre todo en los niños.

En El guardián entre el centeno, el muchacho protagonista se imagina un campo donde juegan los niños y dice que es eso lo que le gustaría ser, alguien que escondido entre el centeno los vigila en sus juegos. El campo está al lado de un abismo, y su tarea es evitar que los niños puedan acercarse más de la cuenta y caerse. “En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos”. El protagonista de la novela de Salinger no les dice que se alejen de allí, no se opone a que jueguen en el centeno. Entiende que ésa es su naturaleza, y sólo se ocupa de vigilarlos, y acudir cuando se exponen más de lo tolerable al peligro. Vigilar no se opone a consentir, sólo consiste en corregir un poco nuestra locura.

Creo que los padres que de verdad aman a sus hijos, que están contentos con que hayan nacido, y que disfrutan con su compañía, lo tienen casi todo hecho. Sólo tienen que ser un poco precavidos, y combatir los excesos de su amor. No es difícil, pues los efectos de esos excesos son mucho menos graves que los de la indiferencia o el desprecio. El niño amado siempre tendrá más recursos para enfrentarse a los problemas de la vida que el que no lo ha sido nunca.

En su reciente libro de me-morias, Esther Tusquets nos cuenta que el problema de su vida fue no sentirse suficientemente amada por su madre. Ella piensa que el niño que se siente querido de pequeño puede con todo. “Yo no me sentí querida y me he pasado toda la vida mendigando amor. Una pesadez”. Pero la mejor defensa de esta educación del amor que he leído en estos últimos tiempos se encuentra en el libro del colombiano Héctor Abad Faciolince, El olvido que seremos. Es un libro sobre el misterio de la bondad, en el que puede leerse una frase que debería aparecer en la puerta de todas las escuelas: “El mejor método de educación es la felicidad”. “Mi papá siempre pensó -escribe Faciolince-, y yo le creo y lo imito, que mimar a los hijos es el mejor sistema educativo”. Y unas líneas más abajo añade: “Ahora pienso que la única receta para poder soportar lo dura que es la vida al cabo de los años, es haber recibido en la infancia mucho amor de los padres. Sin ese amor exagerado que me dio mi papá, yo hubiera sido mucho menos feliz”.

Los hermanos Grimm son especialistas en buenos comienzos, y el de Caperucita Roja es uno de los más hermosos de todos. “Érase una vez una pequeña y dulce muchachita que en cuanto se la veía se la amaba. Pero sobre todo la quería su abuela, que no sabía qué darle a la niña. Un buen día le regaló una caperucita de terciopelo rojo, y como le sentaba muy bien y no quería llevar otra cosa, la llamaron Caperucita Roja”. Una niña a los que todos miman, y a la que su abuela, que la ama sin medida, regala una caperuza de terciopelo rojo. Una caperuza que le sentaba tan bien que no quería llevar otra cosa. Siempre que veo en revistas o reportajes los rostros de tantos niños abandonados o maltratados, me acuerdo de este cuento y me digo que todos los niños del mundo deberían llevar una caperuza así, aunque luego algún agua-fiestas pudiera acusar a sus padres de mimarles en exceso. Esa caperuza es la prueba de su felicidad, de que son queridos con locura por alguien, y lo verdaderamente peligroso es que vayan por el mundo sin ella. “Si quieres que tu hijo sea bueno -escribió Héctor Abad Gómez, el padre tan amado de Faciolince-, hazlo feliz, si quieres que sea mejor, hazlo más feliz. Los hacemos felices para que sean buenos y para que luego su bondad aumente su felicidad”.

Gustavo Martín Garzo es escritor.