¿Se acaba el apego en la crianza a los tres años?

Desde Educarpetas

 

¿Se acaba el apego en la crianza a los tres años?

 

Como psicóloga y colaboradora en asociaciones de familia y en grupos de apoyo a la maternidad, observo frecuentemente que a medida que la edad de los hijos crece, disminuye la predisposición en las mamás (o personas más cercanas al niño) a mantener una crianza desde el enfoque del respeto. Por supuesto, el amor a los hijos permanece intacto, pero suelen aparecer dudas serias acerca de “si lo estamos haciendo bien” o si quizás haber elegido otras formas de crianza hubiera favorecido descansar más, tener más tiempo para la vida personal o tener niños “más educados”. De pronto, parece que las familias no son tan sensibles a la necesidad de encontrar espacios y tiempos respetuosos con los niños, que es lícito (o menos grave) usar estrategias de amenaza o chantaje en ocasiones puntuales o que ya no es tan necesario ser tan estrictas respecto a su alimentación (por poner algunos ejemplos).

¿Por qué sucede esto? ¿qué pasa cuando los niños crecen y se tiene la sensación de que lo que hacíamos hasta ahora “ya no funciona”? Y sobre todo ¿qué hay de nuevo en el desarrollo evolutivo de un niño que complica tanto esta etapa?

Hay tantos motivos como niños, madres y familias; pero yo encuentro tres grandes grupos que engloban la mayoría de estas circunstancias: factores personales de la madre/padre, razones ambientales de la familia y el entorno y la consecución de nuevos hitos evolutivos del niño.

a) Los factores personales que afectan a la madre (o a la persona que cuida preferentemente al niño) tienen mucho que ver con la situación emocional en la que se encuentra. Con un bebé es frecuente tener la sensibilidad a flor de piel: bien exultante de alegría y con necesidad de compartir, bien con agotamiento o tristeza. Ambos extremos facilitan que la madre acuda a grupos de apoyo a la lactancia, asociaciones familiares, grupos de ayuda maternales, que consulte foros, que lea mucha documentación… la madre suele disfrutar de dieciséis semanas de permiso de maternidad (escasas) con lo que cuenta con algo de tiempo libre adicional para trabajar sus emociones, sus miedos y sus anhelos. Suele estar receptiva, buscar ayuda, aceptarla, valorar distintas opciones y elegir la que más se adecue a sus necesidades. La madre es muy visible en esos momentos en las esferas maternales.

A medida que pasa el tiempo, las emociones se relajan, todo se tranquiliza. Aparece la necesidad de dedicarse más tiempo a una misma, a recuperar actividades aparcadas. Quizá venga un siguiente hijo, y ya no se dispone de tanto tiempo para compartir sentimientos. O incluso, acaba la pausa laboral que algunas madres deciden hacer: se acaban las excedencias y con ello aparece la necesidad de reincorporarse a jornadas laborales muchas veces extenuantes. Por todas estas cosas y muchas más, la mujer deja de asistir a los grupos o está centrada en otras actividades (como por ejemplo la escolarización). Ya no es tan fácil compartir las ideas, el qué, el cómo hacer. No existen tantas oportunidades para observar a otras madres en circunstancias similares: salvo en los parques o en los centros comerciales, apenas hay momentos para contemplar a una madre y a un hijo que ya no es bebé en transacciones respetuosas. En estos casos, la crianza con apego apenas se ve en público a partir de cierta edad.

b) Existen otra serie de factores, de corte si se quiere más “ambiental” que comienzan a pesar mucho al crecer los niños. Está, por ejemplo, la incorporación a las aulas. Muchas madres deciden quedarse en casa con los pequeños hasta que éstos cumplen tres años, pero al llegar esta edad sienten una fuerte presión social por escolarizarlos o desconfianza en su propia capacidad para instruirles en casa. O como comentábamos más arriba, muchas no pueden/quieren estirar la excedencia y la alternativa es la escuela. En lo que respecta a la escuela, la realidad es que en España no hay, en estos momentos, una buena red de escuelas respetuosas. Sí existen cada vez más proyectos interesantes, pero todavía, por distancia o por precio, no llegan a la mayoría de la población. Si a eso le juntamos las jornadas laborales de los padres y la dispersión de las familias, nos encontramos con que la única posibilidad para muchos padres es el colegio que “toque”, por cercanía o por puntos, sin posibilidad de elegir ni de valorar los proyectos educativos o curriculares. Muchos niños que se incorporan al colegio no se sienten ni felices ni acompañados, y si bien su potencial de adaptación favorece que salgan adelante, frecuentemente la asistencia a las aulas genera comportamientos disruptivos como peleas o rabietas en casa, dónde se sienten libres y protegidos, pero que afectan negativamente (si no se manejan con cautela) al clima familiar.

Existe otro importante condicionante que impone una violencia muy sutil. Cuando los niños ya son mayorcitos son arrastrados hacia la dinámica de las comparaciones por parte de los adultos: hablamos y etiquetamos lo listos, lo guapos y lo simpáticos que son. O lo bien o mal que se portan, lo que lloran o dejan de llorar, lo que gritan o no… Las familias suelen sentir que se las juzga en función de lo que sus hijos hacen o dejan de hacer, y normalmente este juicio es en negativo. De ahí que muchos padres empiecen a sopesar a estas edades la necesidad de establecer “tiempos fuera”, condiciones o chantajes. Se escudriña la realidad para comprobar si los demás niños se portan igual de “bien” o “mal” que los propios, o cómo reaccionan a estímulos similares. Si alguna situación resulta violenta o los padres se ven con dificultades de afrontarla, ya no se percibe tanto como una etapa del crecimiento y se achaca más al hecho de que quizás no estén del todo “bien educados” o tengan “buenos hábitos”. Y no quiero decir con esto que no sea correcto reflexionar sobre las propias prácticas, pero ha de hacerse en momentos de tranquilidad y movidos por un deseo de mejora, no a través de comparaciones puntuales. Cuando sucede esto, la crianza desde el respeto se censura.

c) El último de los grupos abarca todo lo relacionado con la propia historia de desarrollo de los niños. Si durante las primeras etapas era suficiente con acompañar el llanto, ofrecer calor y seguridad, alimentar y nutrir física y afectivamente, ahora estas herramientas se quedan escasas ante los argumentos o berrinches de un niño que ya no lo es tanto, al que ya no le podemos dar tanto “cobijo físico”. ¿Qué sucede cuando el niño crece?

Pues por un lado sucede lo que poco tiempo atrás las familias pensaban que nunca llegaría: la “independencia”. Y con la independencia llega la elaboración de las propias normas y a través de éstas, los primeros enfrentamientos “serios”. Es en este momento cuándo los padres se enfrentan a un dilema importante: ¿acabamos una conversación “porque sí” o intentamos razonar? Hasta ahora se podía explicar y el niño podía aceptar con cierta facilidad, o se dejaba distraer. Ahora, el pequeño rebate todos los argumentos, defiende su terreno y sus intereses, y cuando agota sus recursos, acaba cayendo en el enfado. Cómo actuar en este momento daría para un artículo completo por sí mismo, pero considero que hay dos cuestiones principales que se deben tener un presente:
• La primera de ellas es que es conveniente alejarse de las soluciones que “funcionen”. La mayoría de padres desean que sus hijos sean capaces de valerse por sí mismos en el futuro, de defender sus derechos y hacerlo de forma asertiva y para llegar a ese punto es necesario entrenarse, no sirve obedecer “porque sí”, y además debemos ver ejemplos de cómo se hace, así que los adultos deberían tener alternativas en casi cada momento. La crianza respetuosa sólo tiene sentido en la distancia, el “aquí y ahora” son relativos. Los adultos no deberían tener miedo a las rabietas.
• La segunda cuestión es que se debería intentar en lo posible enseñar a manejar al niño esa frustración y aprovechar un estado emocional tan intenso para hacerle reflexionar e identificar las sensaciones, lo que significan y lo que provocan tanto en ellos mismos como en los demás, así como las emociones posteriores, tanto las agradables relacionadas con la liberación como las desagradables relacionadas con la tristeza o remordimientos.

Además de la independencia y sus consecuencias, hay que considerar también las limitaciones cognitivas que este pequeño cerebro pensante todavía no puede superar y que suelen ser las causantes de algunos problemas “domésticos”. Algunas mamás dicen que sus hijos cambian tanto que se vuelven unos desconocidos ¿qué sucede? El niño se encuentra ahora en la etapa pre-operatoria, con lo que transforma su inteligencia práctica (que puede organizar en actividades reales, como rutinas) en una capacidad de ejecución mucho más fina, más elaborada, que es capaz de ir más allá del momento inmediato. Aparecen los símbolos, los conceptos abstractos y una imaginación desbordante, así como un impulso por realizar las cosas por sí mismo. Además, existen una serie de características de pensamiento muy especiales en esta etapa, que conllevan malentendidos o enfados que seguro resultan muy familiares para los que tengan cerca de niños de estas edades; las más llamativas son:

• La centración, o la incapacidad para considerar distintas dimensiones de una situación, lo que altera el razonamiento. Por ejemplo, cuando un niño no entiende que su mamá es a la vez hija de su abuela y mamá de un hermano. El tan traído y llevado “mi mamá es mía” y las ganas de hacerle rabiar de algunos adultos que frecuentemente acaba en llanto se explicaría por este fenómeno.
• Dificultades con la reversibilidad: en ocasiones no son capaces de comprender que no hay vuelta atrás (por ejemplo con el tema de la muerte) y en otras no pueden imaginar una acción que se deshace. Se le une a este fenómeno el estatismo o la dificultad para entender las transformaciones. Es muy típica por ejemplo la discusión por una galleta que se cae y se rompe y el niño no la quiere ya, porque la desea redonda y entera, para desesperación del adulto que lo considera un capricho sin más.
• Sigue habiendo un punto de vista muy egocéntrico que se manifiesta en dificultades para separar su propio pensamiento del de los demás o del mundo exterior. Muy habitual cuando aparecen hermanos pequeños: “es que quiere que juguemos a la pelota ahora”.
• El animismo o la percepción de las cosas como seres conscientes (una muñeca o una piedra, fuera del momento de juego).

Es decir, a causa de estos cambios, la crianza respetuosa se ve resentida porque es mucho más difícil.

¿Y qué tendrían que hacer los adultos que perciban que quizá su estilo de crianza, elegido, buscado y trabajado se empieza a difuminar? Quizá lo mismo que se hacía cuando los niños eran más pequeños: analizar el propio comportamiento, el estado de ánimo, la disposición y la paciencia; y seguir compartiendo con otras familias, aprendiendo y ofreciendo alternativas, pues el ejemplo y la transmisión de valores es el camino correcto hacia una sociedad más sana.

Beatriz Coronas C.

Contacto vía correo electrónico

Con el fin de desahogar un poco a nuestra multitarea presidenta, habilitamos una dirección de correo electrónico alternativa: secretaria.caricia3c@gmail.com.

Para cualquier duda, sugerencia… podéis dirigiros a ella. Las consultas urgentes relacionadas con la lactancia, como hasta ahora (ver pestaña Información).

¡Gracias! 🙂

Los niños criados con afecto tienen un hipocampo más grande

Os dejamos esta noticia, que nos ha encantado leer :-))

http://www.madrimasd.org/informacionidi/noticias/noticia.asp?id=51386

Los niños criados con afecto tienen un hipocampo más grande, según un estudio

Los niños criados con afecto tienen el hipocampo, la zona del cerebro encargada de la memoria, casi un 10 por ciento más grande que el resto, según un estudio divulgado en EE.UU.

FUENTE | Agencia EFE 31/01/2012

La investigación, llevada a cabo por psiquiatras y neurocientíficos de la Universidad Washington de Saint Louis, “sugiere un vínculo claro entre la crianza y el tamaño del hipocampo”, destacó uno de sus autores, la profesora de psiquiatría infantil Joan L. Luby.

El estudio, el primero que relaciona el tamaño del cerebro infantil con la forma en que un niño es criado, fue publicado por la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).

Para la investigación, los expertos analizaron imágenes cerebrales de niños de entre 7 y 10 años que, cuando tenían entre 3 y 6 años, fueron observados en interacción con alguno de sus padres, casi siempre con la madre.

Se analizaron escáneres cerebrales de 92 de esos niños, algunos mentalmente sanos y otros con síntomas de depresión. Los niños sanos y criados con afecto tenían el hipocampo casi un 10 por ciento más grande que el resto.

“Tener un hipocampo casi un 10 por ciento más grande es una evidencia concreta del poderoso efecto de la crianza”, subrayó Luby.

Después abogó por fomentar, “como sociedad”, la crianza con amor y cuidado de los niños, puesto que “claramente tiene un impacto muy grande en el desarrollo posterior” de la persona.

Durante años muchas investigaciones han puesto de relieve la importancia de la crianza, aunque casi siempre centradas en factores psicosociales y en el rendimiento escolar, pero este estudio “es el primero que realmente muestra un cambio anatómico en el cerebro”, enfatizó Luby.

Aunque en el 95 % de los casos estudiados participaron las madres biológicas de los niños, los investigadores señalan que el efecto en el cerebro es el mismo si el cuidador principal es el padre, los padres adoptivos o los abuelos.

Reunión de mañana 26-01-2012 – Colegios

Y mañana hablamos de colegios,  porque antes de que nos demos cuenta empieza el plazo para la inscripción.

Hemos intentado que vengan mamás (y papás) que lleven a sus hijos a colegios de nuestro municipio, para que nos cuenten sus experiencias.

Si os animáis a venir, estaremos de 17 a 20 horas en el Centro 21 de Marzo, c/del Viento nº1, sala 72.

Control de esfínteres

En la reunión del grupo de crianza de este próximo jueves, 15/12/2011, hemos pensado charlar sobre el control de esfínteres. Y para ello nos traemos desde el estupendo blog de Violeta Alcocer, “Atraviesa el espejo“, un artículo sobre el tema, para que nos ayude a reflexionar.

 

Control de Esfínteres, los aspectos sociales,médicos y psicológicos.

 
El entrenamiento en la adquisición del control de esfínteres (tan de moda hoy en día en guarderías y demás centros educativos) es el resultado de un proceso de “normalización”, una especie de convención que se adoptado como socialmente válida y que se ajusta bien a los intereses , sobre todo, de las instituciones.
Como en todo proceso madurativo, existe una amplia variabilidad interindividual. Por ejemplo, en el desarrollo del lenguaje (otro proceso autorregulado), la franja de edad que se considera normal para el inicio del lenguaje va desde los 10-11 meses hasta los 3-4 años. Es decir, que tanto los niños que comienzan a hablar a los 10 meses como los que comienzan a los tres años y medio, son niños normales, sanos e inteligentes. El desarrollo del lenguaje, en idénticas condiciones de estimulación, puede variar enormemente de un niño a otro, dependiendo de la forma en la que vaya madurando su sistema nervioso central.
Lo mismo sucede con el desarrollo motor (otro proceso autorregulado) Hay niños que caminan con 9 meses de edad, mientras que hay otros que no empiezan a andar hasta los 20 meses. Tanto unos como otros se consideran normales.Con el control de esfínteres, la alimentación y el sueño sucede lo mismo. Hay bebés que con 12 meses piden pis y otros que no lo piden hasta los tres años y medio. Niños que duermen bastante seguido casi desde que nacen y otros que no cambian su pauta nocturna hasta los dos o tres años. Niños que comen sólidos sin dientes y otros que maman hasta los cuatro años.

La sociedad en la que nos ha tocado vivir es complicada. La incorporación de las mujeres al mundo laboral ha puesto en marcha el fenómeno de las guarderías y la escolarización a edades muy tempranas (3 años), en clases en las que tienen que atender a los niños por veintenas. En estas circunstancias, resulta muy difícil (porque sería muy caro) respetar las necesidades individuales de cada niño: para las instituciones educativas, resulta más práctico poder tratarlos a todos por igual, uniformar al máximo las rutinas diarias y los procesos de los niños. Todos han de comer a la misma hora, hacer pipí en el váter y dormir la siesta en su momento y sin ayuda. Es decir, el sistema necesita niños muy autónomos, porque no encuentra otra forma de poder atenderlos mientras mamá y papá trabajan.

De esta realidad se ha ido derivando en los últimos años una especie de estandarización de “edades ideales” para adquirir el control de determinados procesos, concretamente el tema del pañal se ha fijado en los dos años.

Normalmente cuando hablamos de autorregulación, hablamos de respeto. Respeto por los procesos del niño y por los ritmos naturales. Lo contrario a este respeto es presión, es decir, es forzar que ocurra lo que va a ocurrir de todas formas. Por lo general, los padres que presionan a los niños en este sentido están siendo a su vez presionados por el entorno: el colegio, la guardería, la familia, las amistades e incluso algunos medios de comunicación. El entrenamiento normalmente viene motivado por la necesidad de los padres de que el niño ingrese lo antes posible en lo “social”. Esta presión tendría sentido si estuviéramos hablando de procesos que tardan años en normalizarse por sí mismos.. pero es que estamos hablando de una diferencia de meses en los casos más tardíos (en otros muchos casos, el control sucede antes de lo esperado de forma natural).

Voy a ofrecer unos datos pediátricos (proporcionados por el Dr. Francisco Gilo Valle), para ver mejor cómo ocurre este desarrollo físico:

En los lactantes, la micción es espontánea debido a un reflejo medular. Según se distiende la vejiga se van enviando impulsos hacia el centro sacro de la micción y llega un momento en que se activa el reflejo espinal, dando lugar a la contracción del detrusor y simultáneamente se relaja el esfínter muscular estriado’.

La micción o vaciado de la vejiga es un acto reflejo regulado por la médula espinal y los nervios simpáticos y parasimpáticos.
El estímulo simpático hace que se relaje la vejiga y se contraiga el esfínter. Se cierran los orificios uretrales, se contrae el esfínter interno.
La estimulación parasimpática relaja el esfínter interno, estimula el músculo detrusor y hace que se vacíe la vejiga.
Cuando se llena la vejiga, la presión interior que se va formando estimula los receptores de tensión y provoca contracciones reflejas del músculo detrusor y surge la necesidad de la micción.
Los lactantes que no han desarrollado aún control voluntario sobre el esfínter uretral externo, orinan de manera automática cada vez que se les llena la vejiga .
A medida que el niño crece, va reduciendo progresivamente su frecuencia miccional y va adquiriendo un patrón miccional.

La función normal de la vejiga es la de almacenar orina y expulsarla por la uretra (conducto por donde sale la orina) en forma voluntaria. Esta función la logra por estar formada de músculo, tejidos elásticos y vasos sanguíneos. Estas fibras musculares y tejidos elásticos forman los esfínteres, que se encargan de abrir y cerrar la salida de la orina, para que sea expulsada por la contracción del músculo de la vejiga.

Para la edad de 1 a 2 años hay un aumento en la capacidad de almacenamiento de orina (capacidad vesical) en la vejiga, y de maduración del sistema nervioso. Esto permite al niño, a partir de este momento, adquirir paulatinamente la capacidad de darse cuenta que su vejiga está llena y la necesidad de vaciarla con una micción (acto de orinar), lo que significa que adquiere la capacidad de iniciar y terminar una micción y que es lograda en forma voluntaria, gracias al paulatino control de la corteza cerebral.

Así las cosas, aproximadamente, el 75 por ciento de los niños logra controlar la orina a los 3 años y el 90 por ciento a los 5, aunque el control nocturno puede tardar varios años más.

LOS ASPECTOS PSICOLÓGICOS

El control de esfínteres, además, depende no sólo de la maduración física sino también de la maduración psicológica y del desarrollo del esquema corporal.
Alrededor de los tres años (mes arriba, mes abajo), los pequeños comienzan a ser capaces de dibujar una forma humana relativamente coherente. El dibujo de la figura humana (con sus pies, sus manos, la cabeza y los ojos en su sitio) es la proyección de la noción que tienen de su propio cuerpo. Hasta ese momento, aunque a los adultos nos resulte muy difícil de comprender, el niño tiene un esquema corporal bastante difuso.

Alrededor de los dos-tres años, suceden varias cosas importantes:
– El bebé comienza a darse cuenta de que es una persona diferente de mamá.
– El bebé comienza a verbalizar cómo se siente, qué le pasa, qué le duele y dónde, si tiene hambre o sueño.
– La separación de mamá va unida a un inmenso interés por explorar y descubrir su entorno más allá de la frontera mamá-bebé. Comienza a relacionarse con su entorno como una persona independiente.
– Estos avances van configurando una nueva imagen de sí mismo.
Esto le lleva a una re-elaboración de su esquema corporal y a una toma de conciencia mayor con sus procesos y sensaciones físicas (dolor, por ejemplo).
– Comienza a comprender, por encima, los procesos de ingestión-evacuación. Se empieza a dar cuenta de que él es un ser individual, que incorpora cosas que vienen de fuera (alimento, relaciones con los demás, aprendizajes) y que también evacúa (excrementos, emociones negativas, generalmente en forma de rabietas).

Este darse cuenta, este descubrimiento, para el niño es fundamental. Coincide en el tiempo (porque el sistema nervioso es sabio), además, con el comienzo de la sensación de control de estas funciones, por lo que para el niño es un hecho asombroso el poder controlar a voluntad la evacuación.

Para el pequeño, los excrementos son aún casi una parte de sí mismo. Hasta hace poco el pañal mojado y el resto de su cuerpo eran la misma cosa. Ahora se da cuenta de que no, pero la frontera todavía está reciente.
Por eso, a muchos niños les genera mucha angustia utilizar el váter (prefieren el orinal) para hacer pis o caca: porque no saben a dónde van a parar su pis o sus cacas, esas partes queridas de sí mismos de las que se van a desprender. A los pequeños les preocupa mucho dónde van a parar sus excrementos y, cuando finalmente se animan a depositarlos en algún sitio que ellos consideran “de fiar”, les encanta mirarlos y comentar cómo son.

Por eso, es importante permitirles ir a su ritmo en la experimentación con estas sensaciones de “desprendimiento”. Ir demasiado rápido puede generar en ellos una ansiedad que no es difícil de imaginar. Sin embargo, si les permitimos investigar y explorar el asunto a su ritmo, encontrarán un gran placer en este control y les resultará fascinante el hecho de hacer pis y caca a voluntad.

Desde este supuesto, es decir, si consideramos el control de esfínteres como un proceso madurativo, no nos puede extrañar ni molestar que nuestro hijo, un día, vuelva a pedir o a necesitar los pañales. Puede que durante unas semanas haya ido al baño o utilizado el orinal sin problemas, pero por la causa que sea de repente puede volver a haber escapes importantes, y nuestro hijo puede pedir el pañal porque no se siente a gusto mojado, o bien podemos sugerir nosotros la posibilidad de volver a usarlo. No es un retroceso, es un estadio normal del desarrollo, que dará a nuestro hijo más confianza, tanto en sí mismo como en nosotros. En sí mismo, porque será capaz de tener controlado un aspecto que suele plantearse como problemático en muchas situaciones… en nosotros, porque verá que le aceptamos sea lo que sea que decida hacer con su cuerpo y sus funciones.

Así, hemos visto que seguimos un esquema madurativo que va así:

– Comienza el proceso de individuación.
– Se va estableciendo el esquema corporal y la autoimagen.
– El niño se da cuenta de que los excrementos son una parte que se desprende de sí mismo.
– El niño comienza a sentir que puede controlar la evacuación (gracias a la maduración de su sistema nervioso central y la mayor capacidad de su vejiga).
– El niño comienza a experimentar con ese control y se va asegurando de que a él no ocurre nada por hacer pis y caca en el orinal o el vater (que su cuerpo sigue entero)
– El niño se siente seguro, su desarrollo fisiológico le permite un mayor control y un esquema miccional más maduro.
– El niño se decide a prescindir de los pañales.

Llegados a este punto, sí hay ciertas cosas que podemos hacer:

Respetarles en el ritmo y en la manera que el proceso se dé en nuestros hijos. Aceptarles tal como son, con pañal o sin él, mojados o secos, sin valorar ni juzgar si es tarde, pronto, oportuno o no quitarse o ponerse el pañal… sea lo que sea lo que nuestro hijo decida.

Permitir su maduración psicológica: alentando sus avances, su deseo de ser independientes, animándole a ganar autonomía en otras áreas de su vida, etc..

Explicarles: cuando empiecen a mostrar interés, explicarles dónde van sus excrementos, qué sucede con ellos, cómo lo hacen los animales, los papás, los otros niños, etc.. A fin de cuentas, ir calmando todas las ansiedades que se van a despertar en el niño durante este proceso.

Poner a su disposición: un vater con un escalón y un adaptador por si lo quiere usar (o un orinal), ropa cómoda, pañales y bragas o calzoncillos. Poner a su disposición es informar de dónde está cada cosa, no forzar a su utilización. Es importante que sepa dónde está cada cosa, para que pueda poco a poco ir mostrándonos qué quiere en cada momento y para que conozca cuál es el abanico de posibilidades que tiene al respecto.

No impacientarnos: muchos niños quieren dejar el pañal espontáneamente alrededor de los dos años, mientras que otros no lo piden hasta los tres y medio o cuatro. No pasa nada, todo va bien. Si nos sentimos incómodos con la situación, es importante pensar por qué tenemos la necesidad de que nuestro hijo tenga ya ese control. Descubriremos que nuestra necesidad e inquietud son fruto de la presión social. Pero ahora que ya sabemos cuándo se adquiere realmente ese control, podemos estar seguros de que a nuestro hijo no le pasa nada raro ni está retrasado en ningún proceso.

Sin embargo, si pese a todo lo dicho, existe alguna exigencia real que no podemos “saltarnos”, si en el cole no admiten a nuestro hijo con pañal y tiene que ir sí o sí porque nosotros trabajamos, y tampoco lo admiten con pérdidas ni nosotros queremos o podemos trasladarnos al cole a diario para cambiarlo y nadie va a hacerlo por nosotros, sólo os puedo dar una indicación: flexibilidad. Si vamos a retirar el pañal en algún momento y nuestro hijo no lo ha pedido, que haya tiempo suficiente para poder volver atrás todas las veces que lo creamos necesario, podemos tener varios orinales repartidos por la casa para no tener que salir corriendo al baño, podemos sacar el pañal unos días sí y otros no, a unas horas sí y a otras no, y éstas no tienen que ser siempre las mismas, se puede sacar el pañal en casa pero ponerlo al salir de casa, que es más engorroso para todos, y si vemos que es demasiado… dejarlo unos días o unas semanas y volver a intentarlo un poco después. Y siempre, aceptar que puede pasar tiempo hasta que se produzca el control, y por ello, seguir respetando lo que vaya sucediendo y los sentimientos que en nuestro hijo vayan surgiendo.

Violeta Alcocer.
Agradecimientos: Nuria Otero.
Ilustración: Nathalie Choux.

 

Reducción de jornada, ¿un derecho en riesgo?

Visto en http://www.consumer.es/web/es/economia_domestica/trabajo/2011/11/23/204987.php

 

Reducción de jornada, ¿un derecho en riesgo?

La crisis y la falta de empleo amenazan la conciliación real de vida familiar y laboral

La configuración de la jornada de trabajo reducida para el cuidado de los hijos corre por cuenta casi exclusiva del empleado. Tras cuatro años de vigencia, el respeto por este derecho ha aumentado de modo progresivo, amparado en la reforma de la ley laboral, avalada de manera reiterada por los juzgados. Sin embargo, la crisis y la falta de empleo también se transforman en una amenaza para la conciliación real de vida familiar y laboral.

 

La crisis amenaza la reducción de jornada

Tener a cargo un hijo menor de 8 años (biológico o adoptado), estar al cuidado de un familiar de hasta segundo grado de consanguinidad que no sea capaz de valerse por sí mismo y no realice ninguna actividad laboral retribuida, ser responsable de una persona con discapacidad física, psíquica o sensorial que no trabaje… Todas son -desde 2007- situaciones causantes de la reducción de jornada laboral. A estos supuestos se ha sumado este año el estar a cargo de un menor de 18 años con cáncer o enfermedad grave, una de las últimas modificaciones legales que buscan fortalecer la mentada conciliación de la vida familiar y laboral. Ahora bien, ¿qué amenazas sufre este derecho en la vida cotidiana?

En la práctica, se utilizan ciertos ardides para recortar sueldos e imponer restricciones en el momento de tener que reconocer este derecho. Sin embargo, la ley es clara: al reorganizar las condiciones laborales de quien tiene a cargo un menor, hay que reducir de manera proporcional su sueldo y la empresa debe adaptarse a los nuevos horarios de los trabajadores.

Los periodos de crisis con grave afectación del mercado laboral generan un doble efecto negativo: por un lado, las empresas se aprovechan del miedo de los trabajadores a la posible pérdida de su empleo para aumentar los niveles de exigencia; por otro lado, los trabajadores afectados dejan de reclamar debido a ese mismo miedo. Así se explica la coyuntura actual: hay empresas que se escudan en la bajada de la producción para que sus trabajadores no se acojan a la jornada reducida, mientras el empleado no se atreve a oponerse. Todo ello tiene también su reflejo en las consultas realizadas en foros y sitios web especializados como Todoexpertos, Laboro, etc.

Quien tiene a cargo un familiar menor cuenta con la posibilidad de reducir su jornada entre un 12,5% y un 50%, sin más disminución de su sueldo que la correspondiente al descuento proporcional de las horas trabajadas. Además, conserva la posibilidad de elegir (dentro de su horario habitual) cuáles son las horas que desea trabajar, sin necesidad de cambiar su contrato de categoría, y con una indemnización en caso de despido, que se calcula sobre la base de su salario a jornada completa.

En los juzgados

Desde su aprobación en 2007, la jornada reducida ha tenido que recorrer un lento camino para que la jurisprudencia brindara una interpretación unificada que diera por tierra con las resistencias del sector empresarial a reconocer este derecho.

De esta manera, la interpretación parcial de la norma hacía que en los primeros litigios se reconociera el derecho a la reducción de jornada, pero no la elección del horario en que el trabajador no deseaba trabajar, entre otros asuntos. El Juzgado de lo Social número 17 de Barcelona resolvía en 2008 que la jornada reducida por maternidad no puede servir de excusa para cambiar de forma unilateral el horario habitual y dio la razón a una empresa que negaba a una empleada la posibilidad de acudir al trabajo solo por la mañana para cuidar de sus hijos.

Desde 2007, los juzgados de lo social han recibido un aluvión de casos en los que las empresas consideraban desmedidas las exigencias del trabajador en cuanto a reducción. Sin embargo, antes de ir a juicio, conviene sopesarlo bien: la duración de un proceso judicial en esta materia depende de la agenda del juzgado en cuestión y los honorarios profesionales para este tipo de causas los fija el abogado. No obstante, una ventaja para quien se ve en la situación de reclamar en los juzgados es que -excepto en casos de temeridad o mala fe- en la jurisdicción laboral casi nunca hay condena en costas, por lo que cada parte asume sus propios gastos procesales.

La madre que somos y la madre que queremos ser

Desde el blog de Ileana, Tenemos Tetas, nos traemos un post que nos ha removido… nos reconcilia con nosotras mismas y nos invita a dar una patada a los sentimientos de culpa.

http://www.tenemostetas.com/2011/11/la-madre-que-somos-y-la-madre-que.html

Os recomendamos pasaros por el blog original a leer los comentarios.

 

 

La madre que somos y la madre que queremos ser

Por Ileana Medina Hernández

Acabo de recibir la carta desesperada de una amiga, de una mujer inmensa, luchadora y maravillosa, madre de dos niños hermosísimos de pocos años.

Y esta es su carta, la carta que cualquiera de nosotras podríamos haber escrito en algún momento de nuestra maternidad.

Conmovida, removida y sacudida, intento, desde la distancia, ofrecer a mi amiga lo único que puedo: mis palabras.

Y le he pedido poder compartirlas también con todas mis lectoras y lectores, con todas mis amigas de la red, con todas las madres del mundo que muchas veces sentimos que flaqueamos. Gracias, muchas gracias por acceder a que sea publicada.

CARTA DE UNA MADRE CUALQUIERA

«Hola Ileana. No se por dónde empezar. Igual pidiendo disculpas por confiar en ti. Curioso que quiera saber tu opinión y criterio en algo tan delicado como lo que voy a contarte, pero la quiero saber. No me sirven juicios ni opiniones de las mujeres que me rodean porque la conozco de antemano y no tienen nada que ver conmigo en mi forma de entender y vivir la maternidad.

Estoy viviendo algo así como una crisis de maternidad, si es que eso existe. Me siento angustiada y culpable por ello. No tolero a mis hijos, no les disfruto. Pierdo la paciencia enseguida, me cuesta empatizar, conectarme con su mundo, me molestan sus gritos, sus peleas constantes, sus llantos, sus exigencias, sus demandas. Cuento las horas para que se duerman, no juego con ellos, no les escucho, no les abrazo.

Siento a ratos que me ahogo y sólo quiero llorar. Me falta la energía y añoro un poco de silencio, de serenidad. El día empieza temprano y ahí mismo los conflictos, las peleas, los accidentes, los “no quiero”, “no, no y no”, los “porque yo lo quiero”, sus pequeñas tiranías. Lavarse las manos para comer es una cruzada digna de un ejército, lavarse los dientes, meterse en el agua, lavarse el pelo, recoger la ropa del suelo, no tropezar con los miles de juguetes esparcidos a cientos por todo el suelo, y así, inventando cada segundo qué hacer para canalizar toda esa energía pasan horas y horas, sin un minuto para mi, sin un minuto para leer una hoja de un libro, escribir a una amiga, llamar por teléfono, cruzar tres frases seguidas con mi marido, hasta las once de la noche donde todo se vuelve aún más dificil por el efecto del cansancio. Y luego está el resentimiento de mi pareja, que me exige la perfección, la paciencia, la dulzura, la compresión, la contención, la improvisación, la fuerza que siento que no tengo, que tal vez no poseo.
 
Y me traslado a un lugar oscuro donde lo peor de mí misma aflora y veo a una madre incompetente, que no sabe dar lo que los otros necesitan, profundamente imperfecta, llena de agujeros por donde se escapa la que quiero ser, la que aspiro a ser, pero obviamente no soy. Miro hacia afuera y veo el pais de las maravillas: madres seguras, amorosas, llenas de recursos, pura poesía. Te veo a ti, por ejemplo, enamorada de tu hija, percibiéndola aún como el mayor regalo que te ha hecho la vida, disfrutándola. Y me pregunto qué me está pasando, qué coño se me está rompiendo por dentro y cómo hago para salir de esta sensación de asfixia. En fin Ileana, también entendería que ni contestaras, a veces determinados ejercicios de desnudez emocional resultan soeces para quienes los reciben. Un abrazo.»

Mi respuesta:
LA ACEPTACIÓN COMO ÚNICA VÍA DE SANACIÓN
Querida M:
Aunque las noticias no sean buenas, no sabes lo que me conmueve y me remueve tu confianza. Gracias.
Vamos a ver si puedo ayudarte en algo,  intentando ir por partes.
Lo primero: una madre necesita ser sostenida para poder sostener a sus hijos. Estás sola, estamos muy solas. El sostén que recibimos en nuestra infancia, a ojos vistas fue muy insuficiente para servirnos hoy. El que recibimos hoy sigue siendo insuficiente: no familia, no tribu, no amigas, solo un marido que a duras penas llega de noche a casa, con el pan de cada día y las facturas pagadas. “Patrocinador” llamo yo al mío a veces, medio en broma medio en serio. Llegará el día en que los dos podamos trabajar cada uno 4 horas, y el resto dedicarlo a la familia, pero todavía el sistema laboral es decimonónico. Lo que te pasa: la niña desamparada, rabiosa y necesitada que fuiste, sigue estando ahí, y aflora precisamente cuando más fuerzas necesitas. No las hay, simplemente, y hay que aceptarlo.
Lo segundo: qué fácil es para tu marido salir a trabajar 8 horas y volver a casa, y esperar que tú hayas tenido las toneladas de paciencia y de dulzura necesarias. Qué fácil es para él (como para mí, como para ti) saberse tan bien la teoría. Y no digo que no sea una persona maravillosa, que también lo es. No se trata eso. Se trata de energías emocionales para estar día tras día 24 horas  amorosamente con los niños: no las tenemos. Necesitamos apoyo, como dice Laura Gutman, una madre sola, la familia nuclear, no es buena para criar hijos. Necesitamos una tribu amorosa y sostenedora (tampoco depredadora como han sido muchas veces las familias hasta ahora).
Por eso, quizás, mi hija va al colegio. En el fondo de mi inconsciente, y cada vez más consciente, sé que yo no puedo permanecer 24 horas con ella y que todo fluya, darle todo lo que necesita. No, yo sola no puedo. Por eso, quizás piensas en el fondo si no debes escolarizar a los tuyos. Yo sé que no sirvo para homeschooling, no tengo la disponibiildad, la paciencia, la capacidad organizativa para estar con mi hija en casa, al menos desde dentro de este sistema, en la casa y en las condiciones en que vivo. Todavía si pudiera largarme a estar tirada todo el día en una playa del Caribe… descalzos y corriendo por la naturaleza… a lo mejor…
Por eso, todo el mundo hace lo que mejor puede en sus circunstancias. También el que escolariza pronto, la que no da la teta, la que aplica el Estivill… porque si se auto-exigiera más, no puede, enloquecería o maltrataría todavía más.
Por eso, tenemos que dejar de pretender ser perfectos, y aceptar que nuestros hijos van a un colegio, que no es ideal, que tiene miles de fallos, que el sistema educativo es caduco y necesita un revulsivo urgente… pero que dentro de eso, intentaremos darles lo que el sistema no les puede dar. O que ven la tele más de lo que debieran, o que comen más chuches de lo que deberían…


Aceptar que no podemos llegar a donde teóricamente vislumbramos que podríamos o deberíamos llegar, que la perfección no existe, que en todas las familias hay basura bajo la alfombra, y que bastante hacemos con cobrar conciencia de tantas cosas… pero que de ahí a ir sanando las nuestras hay un largo camino por recorrer, que nos llevará toda la vida. Abrazar nuestra sombra como tú lo has hecho, es el acto verdaderamente sanador. 
Negar que los niños necesitan teta, tiempo, compañía, disponibilidad, juego, compañía para dormir… es el camino inconsciente que la gente utiliza para no reconocer que en realidad lo que sucede es que no estamos en condiciones de ofrecérselo, que no tenemos la disponibilidad emocional necesaria. Que ni nosotros individualmente, ni nuestras familias, ni nuestra sociedad está organizada y preparada para ofrecer todo ese confort que los niños necesitan.
Aceptar que sí, que todos los bebés y niños pequeños necesitan eso, es el primer paso para la sanación sincera de nuestra maternidad y nuestra crianza. Ése ya lo hemos dado, al menos a nivel personal. Falta darlo a nivel social.
Pretender que somos superwoman, heroínas, todo el tiempo enamoradas de nuestras crías y con una sonrisa en el rostro para jugar con ellos, para satisfacer sus demandas, para no levantar la voz, para llenar el agujero negro de amor que chupan todo el día… para estar todo el día disponibles para ellos, para el marido, para nuestros jefes, para la suegra y para las vecinas, es también falso e imposible.
Aceptar esto, es el segundo paso para la sanación de sincera de nuestra maternidad y nuestra crianza.
Sólo desde la aceptación simultánea de esas dos realidades, se produce la toma de conciencia y podemos avanzar. Tanto la negación de la verdad (“nuestros bebés no nos necesitan”) como el autoengaño (“qué perfecta soy, qué bien lo hago”) son neuróticos y peligrosos. En esa humildad, en esa conciencia, creo que comienza la cura, la posibilidad de reubicarnos y de construir una maternidad legítima, con más felicidad, desde ahí quizás recobremos la energía necesaria.
Reconocer nuestra humanidad, aceptar nuestras limitaciones, y confiar en que aún así lo que ofrecemos a nuestros hijos es mucho, es todo lo que somos capaces, que estamos en el camino, que les estamos dejando una herencia psico-emocional mejor que la que nosotros recibimos, nos permite darnos un respiro, dedicarnos unos momentos para nosotras, pararnos para recuperar fuerzas, recuperar nuestra dignidad y nuestra autoestima maltrechas, y seguir andando hacia ese lugar mejor donde estamos seguras podemos llegar. Mañana mejor que hoy.
Nuestros hijos deben saber también que somos humanas, que no somos perfectas, que se nos acaba la paciencia, que flaqueamos, que nos enfadamos sin querer, que pedimos perdón cuando los tratamos mal a nuestro pesar… para que ellos puedan permitirse también flaquear, enfadarse, o entristecerse, expresarlo, y pedir ayuda.
Intenta buscar tribu, en casi todas las ciudades están surgiendo grupos de apoyo a la crianza, grupos de madres amorosas que podemos apoyarnos unas a otras. Quizás puedas acercarte con los niños por las mañanas y cambiar aires, recibir energías.
Y aquí estoy, para lo que necesites y desde aquí pueda ayudarte.
Un abrazo inmenso, hondo!!! A ti, y contigo a me abrazo a mí misma, a todas las madres, mujeres, padres y  hombres del mundo 🙂